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Capilla del Monte, Córdoba, Argentina
Karina Costa Ferreyra (Brianna Callum), es autora de relatos y de novelas románticas: contemporáneas e históricas de ficción. Sus historias se destacan por la manera en la que logra plasmar los sentimientos y las emociones de los personajes, de tal manera que resultan palpables para el lector. Resultó entre los ganadores en certámenes de Literatura tanto en Argentina como en España. Se desempeñó como jurado en diferentes certámenes literarios. Participó en varias antologías multi-autor. Actualmente cuenta con más de una decena de libros publicados tanto en papel como en formato electrónico, entre los que se encuentran sus novelas: Juramentos de sangre, publicada en 2013 por la editorial española Nowevolution, y las publicadas por la editorial argentina El Emporio Ediciones: Un instante… y para siempre (2015) y El perfume de las gardenias (2016).

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miércoles, 20 de marzo de 2013

Lanzamiento oficial: Corazones Enemigos (Highlands III)

¡Hola! ¿Cómo están todos? ¡Espero que muy bien! ¡Y llegó el 20 de marzo, y con este día, además de mi cumpleaños, el cuarto aniversario del blog! Y no puedo hacer más que agradecerles a todos por estar ahí, algunos desde el principio, otros desde fechas más recientes. Pero no importa desde cuando, lo importante para mí es que están del otro lado de la pantalla (y en mi corazón), leyendo mis palabras y mis historias, y acompañándome en esta hermosa aventura que es escribir (y publicar). Para ustedes, queridos lectores y amigos, un GRACIAS así de enorme y con letras mayúsculas.

Y porque este es un día muy especial para mí, es que lo elegí como fecha para el Lanzamiento Oficial de la novela Corazones Enemigos. El muy esperado tercer y último título de la Serie Highlands.

Espero disfruten de lo que preparé para ustedes: Book trailer, regalos y varios capítulos de Corazones Enemigos... ¡Y ahora sí, pasen a la fiesta!


Título: Corazones Enemigos
Serie: Highlands III
Autora: Brianna Callum
Género: Novela romántica, de aventuras e histórica de ficción (escoceses).

Edición en Papel:
ISBN: 9781482677720
Papel crema, portada a color.
Páginas: 348
Tamaño: 16 x 22 cm. aprox.
Puntos de venta: CreateSpaceAmazon.com Amazon.es (España) Amazon.co.uk (Reino Unido) Amazon.de (Alemania) Amazon.fr (Francia) Amazon.it (Italia) Amazon.ca (Canadá) Y demás mercados de Amazon. 

Edición electrónica:
Kindle: Amazon.com Amazon.es (España) Amazon.co.uk (Reino Unido) Amazon.de (Alemania) Amazon.fr (Francia) Amazon.it (Italia) Amazon.ca (Canadá) Y demás mercados de Amazon. 

PDF: Universo Romance Librería, Y en pesos argentinos: Librería Romántica (MercadoShop de MercadoPago) y Mercado Libre.


Sinopsis:

Faltaban pocos días para que Cameron McInnes, el hijo del laird de su clan, se desposara con su hermosa novia, Brenna MacKenzie, cuando ella fue secuestrada por segunda vez.

A pesar de que Cam emprendió de inmediato una búsqueda desesperada, solo llegó a tiempo para verla exhalar su último aliento y para escucharla pronunciar el nombre de sus agresores: El laird MacPherson y sus dos hijos mayores, los acérrimos enemigos de los McInnes.

Esa revelación desata una batalla sangrienta en la que Cam se cobra la vida de los tres hombres. No obstante, la sed de venganza de Cameron no se ve aplacada. Él siente que no se conformará hasta que el último de los MacPherson deje de respirar.

Pero Cameron no cuenta con que, con intenciones de establecer las paces entre los dos clanes, el nuevo laird MacPherson, -quien nunca había estado de acuerdo ni había compartido las actividades de su padre y hermanos-, traza un plan junto al padre de Cam. Los hombres deciden que la solución es unir a las dos familias a través de un matrimonio entre Cameron McInnes y Hope MacPherson.

A pesar de las protestas y refutaciones, Cameron debe acceder a la voluntad de su padre y desposarse con quien considera una más de sus enemigos; entonces comenzará para ellos el peor de los desafíos...

Para Hope, transformar el odio que alberga el corazón de Cameron en amor, y poder construir junto a él una familia.

Para Cameron, no ceder ante la tentación que supone para él su enemigo, y no traicionar la memoria de su novia muerta. Cameron no debe amar a nadie que lleve el apellido MacPherson; pero Hope es una muchacha dulce y adorable que sin que él lo quiera, sabrá colarse en su corazón... solo que él ha hecho la promesa de jamás unir su sangre a la de sus enemigos. Y ella es uno de ellos.

En medio de una vorágine dispar de emociones, ambos deberán hacer frente a un nuevo peligro externo que los acecha, y que hace peligrar sus vidas.

¿Podrán en medio de tantos peligros y sentimientos encontrados, hallar la paz y convertirse dos corazones enemigos en amantes y enamorados, o prevalecerá entre ellos el odio y el deseo de venganza?

Cameron McInnes es Chris Hemsworth
Hope MacPherson es Natalie Portman




Brianna Callum
Highlands III
Corazones Enemigos

Prólogo



Highlands, Escocia 

Septiembre - Año de Nuestro Señor de 1616


La intensa lluvia caía sobre él, implacable, despiadada. Tan despiadada como se había vuelto de repente su corazón.

De pie. Erguido como un árbol imposible de doblegar, Cameron McInnes mantenía los puños apretados a ambos lados de su cuerpo y la mirada fija en la sepultura a sus pies. Aquella mirada de color pardo estaba cargada de dolor, también de intensa ira y deseo de venganza. Un deseo que no vería satisfecho hasta que el último de sus enemigos dejara de respirar.

Fuertes ráfagas de viento hacían ondear su plaid[1] verde, azul y negro, alrededor de sus poderosos muslos. Las botas de piel de ciervo, antes impecables, ahora se veían cubiertas de lodo. El agua seguía cayendo pesadamente sobre él, pegaba sus largos cabellos dorados a su recio y masculino rostro de nariz recta y barbilla cuadrada, y a sus hombros musculosos, que quedaban revelados bajo la camisa rústica empapada.

Cameron continuaba imperturbable. La lluvia lavaba la sangre que cubría su cuerpo, su cabello y su ropa. Sangre que se deslizaba de sus manos y de su poderosa espada, y fluía a sus pies como un arroyo teñido de rojo. Sangre que no le pertenecía, y sangre que no había logrado aplacar su sed de venganza.



Primera Parte 


Capítulo I 



Cameron nunca olvidaría el día en el que conoció a Brenna MacKenzie. Aquella noche quedaría grabada en su memoria y en su corazón hasta el día de su muerte; porque ese había sido el día en el que se había enamorado por primera y única vez en sus veintisiete años.

Ya habían pasado muchas lunas desde aquella noche en la que había estado en el castillo de los MacKenzie, celebrando el cumpleaños del laird; pero él la recordaba con la misma nitidez como si hubiese sucedido ayer.



Siete meses atrás
Febrero - Año de Nuestro Señor de 1616


Ian y Cameron, sentados en la misma mesa que el gran señor de los MacKenzie, aunque a una distancia considerable del laird, conversaban entre ellos mientras daban cuenta a la segunda jarra de cerveza cada uno.

Varias mozas se les habían insinuado en lo que iba de la noche; pero Ian se mantenía apático. Hacía un tiempo que Cam notaba algo extraño en su amigo, y esa noche lo había comprobado cuando Ian ni siquiera había mirado dentro del escote de la pulposa muchacha que insistentemente se había inclinado hacia él de manera para nada recatada. Y aunque él hubiese llevado gustoso a alguna de ellas a que le calentara las sábanas, se había visto obligado también a rechazarlas con tal de intentar sonsacar a su amigo qué era lo que tanto lo preocupaba.

Cameron conocía muy bien a Ian, por lo tanto, aunque él insistiera con que nada le sucedía, Cam no podía creerle. Veintisiete años tenían los dos, y casi el mismo tiempo lo habían pasado juntos, así que Cameron podía reconocer los gestos, las miradas de quien él consideraba su hermano; y era indudable que Ian estaba turbado esa noche. Luego de indagar durante bastante tiempo, Cameron se había dado por vencido al comprender que no habría caso, que Ian no diría nada.

Esa noche, el rumbo de la conversación terminó adentrándose en otro de los grandes dolores de cabeza de los McInnes: los MacPherson, sus más acérrimos enemigos y quienes no perdían oportunidad para robarles ganado o quemar alguna de las viviendas que quedaban más cercanas a los lindes de sus tierras. Aunque la conversación se detuvo abruptamente, justo cuando Cameron ya no fue capaz de prestar atención a las palabras que Ian pronunciaba, puesto que sus cinco sentidos habían caído presos de la belleza que acababa de ingresar al salón del homenajeado.

La bulla, junto con el sonar de la gaita y del laúd, se apaciguó dando paso a un suave murmullo en el que se repetían dos nombres: lady Brenna y lady Fiona.

—¡Hijas! —Exclamó el laird en cuanto vio a las muchachas avanzar entre las mesas y dirigirse directamente hacia él. El hombre se puso de pie y, con evidente euforia, caminó al encuentro de las jóvenes mujeres.

Cameron se sentía hechizado.

Las pesadas puertas de madera oscura se habían abierto de par en par y una hermosa joven mujer de veintitantos años, de largo cabello negro y ojos del color de la noche, había hecho ingreso al salón, seguida por otra mujer, tal vez tres o cuatro años menor que ella, y por dos guardias armados, pero Cam, desde ese instante, solo había tenido ojos para la primera.

Cameron quedó sin respiración. Observaba abstraído el andar delicado y elegante de esa que parecía ser una diosa.

—Si no exhalas el aire y respiras, te morirás, y ni siquiera podrás presentarte —se burló Ian, al tiempo que codeaba a su amigo. Había susurrado aquellas palabras en voz baja, solo para que él las oyera.

Cameron le respondió con un gruñido gutural, pero no quitó sus ojos de la esbelta figura enfundada en una túnica de color maíz y cubierta por un tartán a cuadros verdes, azules y negros, combinados con líneas rojas y blancas.

Las mujeres y el hombre mayor se encontraron en medio del salón. De inmediato, se fundieron en un abrazo interminable. Un momento después, el hombre guió a sus hijas hacia la enorme mesa principal, y las instó a tomar asiento junto a él, una a cada lado de la cabecera de la mesa; lugares que ya habían sido desocupados por los guardias más íntimos del hombre, quienes habían estado ocupando esos sitios hasta que las mujeres llegaron.

—Propongo un brindis por mis niñas —expuso el laird, estando aún de pie. Alzó su copa llena de vino. Cuando lo hizo, sus ojos se vieron empañados debido a la emoción que evidentemente lo embargaba—. Por mis queridas Brenna y Fiona, que han regresado hoy a casa… —luego de clavar su oscura mirada en la de su hija mayor, añadió—: para quedarse.

Brenna asintió con la cabeza.

Brenna y su hermana Fiona, luego de la muerte de su madre, por pedido de su propio padre se habían trasladado a Inverness con la intención de que crecieran guiadas por una mano femenina. Ese papel lo había cumplido a la perfección una de las tías de las muchachas. En Inverness, en la acogedora residencia de la anciana señora, las muchachas habían pasado más de diez años; pero ya era hora de regresar a casa. El hogar de ellas era allí, en el castillo de los MacKenzie, en esas tierras enclavadas entre valles, lagos azules y montañas majestuosas.

En efecto, habían vuelto para quedarse.

Poco a poco los suaves acordes del laúd empezaron a llenar una vez más el salón, así como también se reiniciaron las conversaciones variadas en las distintas mesas, y la suculenta cena.

Cameron vio a Brenna recorrer la estancia con la mirada. Percibió, por sus gestos, que algunos rostros le resultaban conocidos, aunque con seguridad más de diez años más viejos que cuando ella los había visto por última vez. A esas personas ella las saludó con una sonrisa cariñosa y con una leve inclinación de cabeza. Otros rostros le habrían resultado completamente ajenos… como el de él.

Cameron no pudo dejar de clavar su mirada en Brenna, y se le atascó el aire en el pecho cuando notó que ella reparaba en él. Brenna sostuvo la mirada de Cameron durante unos segundos, antes de apartar sus ojos con timidez, y sonrojarse un poco.

Cameron moría de deseos de acercarse a ella, no obstante, sabía que lo más apropiado era que reprimiera sus anhelos. Las hijas del laird habían regresado a casa, y él comprendía que el hombre querría pasar tiempo con ellas, y ponerse al día. Sin contar, que además, su actitud hubiese resultado poco prudente.

Cameron continuó devorando a Brenna MacKenzie con los ojos durante toda la noche; ya ni siquiera fue capaz de disimular. Tampoco le importaban los codazos que Ian le propinaba, o las sutiles bromas que su amigo le hacía. Hasta que felizmente para Cameron, el hombre de los ojos azules optó por dejarlo hacer lo único que él era capaz de hacer en ese momento: contemplar a lady Brenna MacKenzie.

Esa noche, Cameron McInnes supo, con certeza, que no descansaría hasta que esa hermosa mujer fuese su esposa. Sabía que no la quería para pasar el rato en la cama. Brenna MacKenzie no sería su amante, sería su mujer bajo todas las leyes posibles.



*** 



Las horas habían pasado, y los comensales empezaron a retirarse a sus aposentos. Lady Brenna también lo haría, y Cameron no quería perder la oportunidad de interceptarla.

Con una inclinación de cabeza y un saludo educado, Cameron se despidió del señor del castillo y de quienes lo acompañaban, luego se encaminó hacia las escaleras.

No le costó demasiado averiguar en qué ala del castillo se encontraban las habitaciones de la joven mujer. Se dirigió hacia allí y se ocultó al final del pasillo. Recostó la espalda contra la fría piedra arenisca rosa, y se ocultó al refugio de la oscuridad que le brindaba el haber apagado previamente la antorcha adosada a la pared en ese sector.

Un largo rato después, Cameron por fin oyó suaves pisadas y voces femeninas. Desde la ubicación estratégica que ocupaba, podía observar el recinto completo sin ser visto.

Lady Brenna y su hermana caminaban una al lado de la otra. Cam las oyó susurrar. Alcanzaba a percibir claramente parte de la conversación.

—No lo sé —dijo lady Brenna a su hermana, en respuesta a algo que ella le había preguntado—. Solo pude averiguar su nombre; pero no sé si tiene esposa.

Cameron, intrigado, no dejaba de preguntarse de quién hablaban las mujeres. De un hombre, seguro, ¿pero de quién?

Lady Fiona se acercó al oído de la mujer del cabello de color ébano, y le susurró algunas palabras en secreto. Ella se llevó las manos al rostro para ocultar una sonrisa, mientras asentía con la cabeza.

—¡Qué sueñes con él! —Le deseó lady Fiona a su hermana Brenna, entre risitas cómplices, antes de correr hacia el que Cameron supuso sería su cuarto, y desaparecer tras la puerta.

Brenna permaneció unos instantes contemplando la puerta del cuarto de su hermana; luego suspiró sonoramente, y volteó hacia su propia puerta. Se disponía a ingresar a sus aposentos, pero el sonido del metal chocando contra la roca la alertó, y se detuvo. Miraba con un poco de temor hacia el lugar en el que Cameron se ocultaba.

Lentamente para no asustarla, Cameron avanzó hasta quedar iluminado por la luz de la luna que se colaba por una pequeña ventana. Vio a Brenna fruncir el ceño y, aunque en un principio ella pareció algo tensa, al distinguir su figura y reconocerlo, su rostro adquirió un notorio gesto de sorpresa.

—No se asuste, lady Brenna. No voy a hacerle daño —le dijo él con suavidad, procurando no elevar la voz para no ser oído por el resto de los moradores de la fortaleza.

—Usted no debería estar aquí —fue la respuesta de ella—. No creo que mi padre le otorgara a un hombre habitaciones cerca de los aposentos de sus hijas.

—Y no lo ha hecho. Mis habitaciones están en el ala contraria a la suya; pero necesitaba verla, lady Brenna. No podía retirarme a dormir sin antes hablar con usted.

—¿Hablar conmigo? No le entiendo, lord McInnes —en cuanto ese nombre salió de los rojos labios de la mujer, sus mejillas adquirieron un tono rojizo elevado; tanto que Cameron pudo percibirlo a pesar de la poca iluminación del pasillo.

—¿Conoce mi apellido? —preguntó Cameron, mientras una sonrisa de satisfacción curvaba sus labios.

—Mi padre… eh… él tuvo la amabilidad de ponerme al tanto de quiénes eran los invitados a su fiesta de cumpleaños —explicó ella, aunque mientras decía aquello, desvió la mirada.

—Ah… Entiendo; pero de todas formas, permítame presentarme formalmente ante usted, lady Brenna. Mi nombre es Cameron McInnes, y para mí es un placer conocerla, milady —Cameron se inclinó en una elegante reverencia, antes de añadir con algo de picardía—: Soy el hijo mayor del laird McInnes, tengo veintisiete años, y soy soltero…

Brenna dio un respingo. Instintivamente miró hacia el lugar en sombras desde donde había visto aparecer al hombre rubio.

Cameron imaginó que ella estaría cavilando si acaso él había oído o no la conversación que ella había tenido con su hermana momentos antes de que él apareciera. Cameron tuvo el tupé de sonreírle y de guiñarle un ojo.

—Debo retirarme, y usted no debería estar aquí —volvió a recordarle Brenna a Cameron, ahora con nerviosismo renovado.

Ella comenzó a voltear hacia la puerta, pero él la detuvo al tomarla suavemente de la mano.

Brenna quedó inmóvil mientras observaba cómo ese hombre descarado se llevaba su mano a los labios y depositaba un beso sobre sus nudillos.

—Quiero que sepa que solo tengo intensiones honorables para con usted, milady —le confesó él, y así volvió a sorprenderla una vez más—. ¿Me dejará cortejarla?

—Yo… usted… —Brenna titubeó.

Cameron inclinó su cabeza, acercándola así bastante a la de Brenna; tanto que pudo percibir sobre la piel de su rostro la respiración tibia y algo agitada de ella.

—¿Me lo permitirá, lady Brenna? —volvió a preguntar—. Dígame que sí, y me hará el hombre más feliz de toda Escocia.

Ella se mordió el labio inferior, pero luego le sonrió tímidamente, antes de asentir levemente con la cabeza.

—¿Es eso un sí?

—Lo es… —fue su respuesta, e inmediatamente bajó el rostro y la mirada con timidez.

Cameron suspiró sonoramente. Con las puntas de sus dedos alzó la barbilla de la muchacha, y ella elevó los ojos hasta posarlos en los suyos. Cameron se aproximó más a ella y, con suma delicadeza, la besó en los labios.

Al cabo de un breve instante, Cam se apartó unos centímetros de Brenna, entonces ella se tocó los labios recién besados con las puntas de sus dedos.

Brenna era una mujer adulta de veinticinco años. A su edad, ya debería haber estado desposada y con un puñado de niños, no obstante, había pasado los últimos diez años viviendo casi como una religiosa junto a su tía en extremo protectora. En aquellos diez años, su vida social había sido prácticamente nula; mucho menos, había tenido oportunidad de ser cortejada. En materia amorosa, podría decirse que Brenna MacKenzie era tan inocente como una niña.

—Nunca me habían besado —confesó sin pensar. Y Cameron sintió que ninguna otra confesión podría haberlo hecho más feliz en ese momento. El corazón bombeó acelerado dentro de su pecho.

—Desde hoy la besaré cada vez que me lo permita, bella Brenna. Ahora vaya a descansar, y sueñe conmigo —le pidió con picardía y con una sonrisa, a la cual ella se unió de manera cómplice—. ¿Acepta mañana, después del desayuno, unirse a mí en un paseo por los jardines? —le preguntó Cam antes de dejarla partir.

—Sí, me encantará pasear con usted.

Cameron se despidió de su novia con un nuevo beso en los labios, y esperó hasta que lady Brenna desapareciera dentro de su habitación antes de emprender su camino hacia el ala contraria del castillo, en la cual se encontraba el cuarto que le había sido asignado por el dueño de casa.



*** 



Al día siguiente, y cada día que siguió a ese hasta su partida, Cameron continuó con el cortejo. Paseó con lady Brenna por los jardines, la llevó al lago, bailaron, conversaron… y se enamoraron profundamente uno del otro.

Cuando Cameron abandonó las tierras de los MacKenzie para regresar a su hogar, lo hizo teniendo una prometida y con la promesa de regresar a visitarla con frecuencia.

Así habían pasado los meses uno tras otro, y el amor entre Cameron y Brenna se había afianzado. Los enamorados se amaban con locura, y a ello se debía que hubieran empezado a hablar de llevar a cabo una boda, sobre todo, porque se les hacía cada vez más difícil estar lejos el uno del otro.




Capítulo II 



El laird Galen McInnes había partido en un viaje hacia las Islas de Skye con objeto de visitar a su gran amigo, el laird Colin MacDonald.

En ausencia de su padre, Cameron quedó al frente de la fortaleza y de las obligaciones que ello conllevaba. No solo eso, Cameron también se vio obligado a atender un asunto de índole personal con su hermana, puesto que luego de una visita que ella y su gran amigo y mano derecha, Ian Mc Dubh, hicieran a una feria ambulante que se había instalado cerca de sus tierras, tanto ella como el hombre habían empezado a comportarse de manera diferente a la acostumbrada.

Cam notó varias cosas extrañas. Lo más evidente fue que tanto Kate como Ian, se evitaban. Se saludaban ahora sin siquiera mirarse y, durante el corto tiempo que coincidían en un lugar, ya sea para desayunar o para la cena, resultaba palpable la tensión entre ellos. Ni se dirigían la palabra ni se miraban, pero cuando creían que el otro no lo miraba y que no eran observados por otras personas, Cameron los había descubierto contemplándose.

Ya hacía cinco días de esa salida y las cosas continuaban igual o peor, ya que el humor de ellos era un completo desastre. Kate estaba apática e Ian carecía por completo de alegría. Un oso enfurecido parecía mucho más calmo de lo que Ian había estado esos últimos días. Se lo había pasado gruñendo y con el ceño fruncido. Era innegable que algo había pasado entre ellos durante el paseo, y Cameron estaba dispuesto a averiguar la verdad.

La noche de la feria, Ian le había relatado el nefasto suceso ocurrido con MacPherson. No había dado demasiados detalles, y solo se había explayado cuando él se lo había pedido. En conclusión: Ian se había descuidado, Kate había sido capturada por un MacPherson, y después Mc Dubh la había rescatado. Cam especulaba que Ian y Kate podrían haber discutido a causa de ello, sin embargo, estaba casi seguro de que la tirantez existente entre los dos se debía a algo diferente.

Otra de las cosas que a Cam le había llamado la atención en demasía esa noche en la que había conversado con su amigo, habían sido las heridas que Ian tenía en los nudillos.

Cuando Ian y Cameron se habían encontrado en el estudio, las lesiones de Mc Dubh ya no sangraban; tenía varias costras secas y, sorprendentemente, múltiples astillas en la piel. Era como si Ian hubiese dado puñetazos contra un tronco, cosa bastante absurda, pero a Cam no se le ocurría otra forma con la cual su amigo podría haberse lastimado así.

Cameron conjeturaba que Ian podría haber descargado su enojo contra algún árbol… ¿Pero furia a causa de qué? ¿Por el enfrentamiento con MacPherson, o hay algo más? Ian no había dicho ni una sola palabra, y Cam podía asegurar que tampoco lo haría. Decidió entonces que era hora de mantener una conversación con su hermana, y así despejar varios interrogantes.

Con determinación, Cameron salió al exterior del castillo. Luego de buscar con la mirada, vio a Katherine arrodillada en el suelo arreglando su jardín; sacaba las malas hierbas y podaba sus plantas de flores.

Su hermanita, con los rizos castaños claros revueltos, sus bonitos ojos pardos y su pequeña nariz pecosa, era una belleza, y no sería extraño que su amigo se hubiese prendado de ella…

Mientras la observaba, Cam advirtió que Kate, de vez en cuando, echaba miradas furtivas al techo del cobertizo, en donde Ian cambiaba algunas de las tablas rotas… Si la intuición y el poder de observación no le fallaban, estaba convencido de que su hermana estaba enamorada de su amigo.

Por el tenor de las maldiciones que el hombre en cuestión había pronunciado en la última hora, todo el castillo debería suponer que él ya se había martillado los dedos en más de una oportunidad; aunque ninguna de las personas del clan había sido lo suficientemente valiente como para acercarse al guerrero furioso a curarle las lesiones. Cam sonrió, pensando que cualquiera de ellos hubiese preferido meterse en un foso lleno de lobos antes que enfrentarse con el malhumor de Ian.

Kate estaba bastante distraída ya que fue necesario que Cameron la llamase varias veces hasta que ella por fin reparó en su presencia.

—¡Oh, Cam! No te había visto —se disculpó, cuando él le señaló que hacía un buen rato que estaba allí—. Creo que estoy un poco distraída hoy —agregó, con una sonrisita dulce.

—¡Ya veo! ¿Qué pensamiento era ese que te mantenía tan abstraída, pequeñita? —le preguntó él, mientras la ayudaba a ponerse de pie.

Ella esquivó su mirada, y se sonrojó hasta las orejas.

Kate había pasado los últimos cinco días reviviendo su encuentro íntimo con Ian… Era justamente eso en lo que ella había estado pensando en ese momento; recordando el sabor de sus besos, la pasión de sus caricias, el calor de su piel…

—Eh, nada Cam —respondió con nerviosidad. Se limpió las manos en el desgastado delantal, con la mirada posada en un punto fijo cercano a sus pies.

Cameron frunció el ceño.

—Kate, me gustaría mucho hablar contigo. Vamos a dar un paseo, querida —la invitó él. Una invitación que no aceptaba una negativa.

Katherine asintió con la cabeza. Se quitó el sucio delantal, y lo depositó sobre uno de los bancos de tronco que Ian había construido hacía algunos años para ella. Después se tomó del brazo que Cam le ofrecía, y juntos caminaron por un sendero que los llevaba hacia la pradera verde y púrpura.

—Katherine, necesitamos mantener una charla, y lo que voy a pedirte es que seas absolutamente sincera en cada cosa que digas.

—Lo intentaré, Cam —susurró.

—Bien. En estos últimos días, después de que tú e Ian regresaran de la feria, he notado que las cosas han cambiado un poco entre ustedes. ¿Qué pasó allí, Kate? ¡Y no vayas a decirme nada, porque no voy a creerte! —le advirtió—. ¡Quiero que me digas la verdad, hermanita!

—No sé por dónde empezar —dijo, y negó con la cabeza.

Cam percibió su consternación.

—Ian… ¿Él te ha hecho algo, Kate? —McInnes la tomó de los hombros, y la obligó a mirarlo a los ojos—. ¿Se ha propasado contigo?

—No, Cam. Ian no ha hecho nada de eso —lo defendió con prisa.

—¿Entonces qué es lo que sucedió entre ustedes, Katherine? Porque no puedes negarme que tú estás triste por su causa.

—No, no voy a negártelo…

Kate había pensado detenidamente en lo que Ian le había dicho esa noche… En un principio sus palabras la había deprimido bastante, pero después se le había ocurrido una idea. Se permitió pensar que tal vez Ian solo había pronunciado esas palabras dolorosas a causa de su maldito sentido del honor, puesto que él se creía inapropiado para ella y esa era la mejor forma de alejarla… Y si era así, si él de verdad la quería, era posible que su hermano pudiese interceder y tal vez convencer a Ian de que sería el candidato perfecto para ser su esposo.

—¡Entonces comienza a hablar, Kate, porque me estás haciendo perder la paciencia con tantos silencios! —impuso Cameron, quien aguardaba a que ella dejara de meditar en sus locas ideas.

—Voy a contarte todo, Cameron; pero primero tendrás que prometerme que me dejarás hablar sin interrupciones. Diré la historia completa solo si tú haces la promesa.

—De acuerdo —concedió él.

—Eso no es todo lo que quiero pedirte. También quiero que me jures que no te enfurecerás, ni lastimarás a Ian.

—¡Lo sabía! ¡El maldito te hizo algo! ¡Voy a matarlo! —rugió colérico.

—¡No matarás a nadie! Y si empiezas así, no te diré nada —le advirtió, y puso los brazos en jarra.

Cameron procuró parecer calmo para que ella hablara de una vez por todas. Asintió con la cabeza, y la alentó a continuar.

—Lo primero que voy a confesarte serán mis sentimientos —tragó saliva de manera nerviosa—. Yo estoy enamorada de Ian —Kate cerró los ojos para darse ánimos y, cuando volvió a abrirlos, miró a su hermano y notó que aparentaba tranquilidad y que no se veía sorprendido. Era como si ella le estuviese relatando algo que él ya sabía—. En realidad esto no es nuevo, he amado a Ian desde que era una niña —continuó explayándose y sacando a la luz lo que guardaba su corazón—. Yo sería la mujer más feliz de esta tierra si él me tomara por esposa.

—Siempre lo sospeché. Lo de tus sentimientos por él —aclaró, y señaló con la cabeza hacia la zona en donde se ubicaba el cobertizo—. Continúa Kate.

—El otro día, en la feria, sucedieron algunas cosas…

Su hermano la miraba con los ojos entornados y parecía listo para salir a golpear a alguien en cualquier momento, aunque no volvió a interrumpirla.

—Fue un paseo maravilloso, Ian y yo nos divertimos muchísimo. Recorrimos los puestos, escuchamos a un juglar, y hasta bailamos un Reel —su voz sonaba soñadora.

Cam quería rogarle que fuese al grano, pero había prometido guardar silencio, así que se armó de paciencia.

—No sé cómo, en varias ocasiones quedamos muy cerca uno del otro, como a punto de besarnos… pero Ian finalmente siempre se alejaba —dijo, y no pasó desapercibida la decepción en su voz.

—¡Por lo menos en algún momento fue sensato! —opinó él, ya sin poder contenerse en silencio.

Kate no le prestó atención.

—Entre nosotros hay una atracción innegable. Soy consciente de que no sé mucho de estas cosas del romance, aún así, te puedo asegurar que Ian estaba tan afectado como yo, Cam… En un momento quise decirle que lo amaba, y él no me lo permitió. Me exigió que nunca más volviese a intentar decírselo, y que arrancara lo que sentía por él de mi corazón.

—¿Te explicó por qué te pedía eso? —preguntó Cam, intrigado con la conducta de su mejor amigo. ¿En caso de estar él también enamorado de Kate, por qué razón no le hace frente a los sentimientos?

—Dijo que yo no podía quererlo porque él era un simple plebeyo que no era digno de mí. Que yo tenía que casarme con un hombre de mi nivel; con alguien que pudiese ofrecerme lo que me merecía, ya sabes: título, riquezas, posesiones… Cosas que a mí no me importan, Cameron. Yo solo lo quiero a él.

—Entiendo, Kate. Ven aquí, pequeña —la tomó de la mano, y la llevó hasta un banco de madera; se sentaron uno junto al otro. Sin soltarla de la mano, comenzó a explicarle el porqué de la conducta de su amigo—: Ian nunca olvidó sus orígenes. ¿Recuerdas cuánto se enfureció cuando yo le dije que daría mi vida por él?

—Sí, lo recuerdo. Él está convencido de que su vida no vale nada al lado de la tuya, solo porque su origen es humilde.

—Ahí es donde tengo que corregirte, hermanita; Ian cree que no vale nada al lado de ninguno de nosotros. Toda mi vida lo he tratado como a un igual, porque él se ha ganado ese lugar; sin embargo, no se siente a la par. ¡Aún seguiría llamándome milord ó Mi señor si cuando éramos pequeños yo no lo hubiese amenazado con dejar de ser su amigo! —exclamó, y negó con la cabeza llena de recuerdos—. Comprendo que no se sienta a tu altura para ser tu esposo… Pero dime, Kate, ¿eso no fue todo lo que ocurrió ese día, verdad?

—No. Fue cuando él me rechazó de esa manera que yo salí corriendo, me mezclé entre la gente, y me oculté para que él no me encontrara. Me sentía tan herida y avergonzada que quería perderlo de vista; al menos por un momento.

Cam la miró con un gesto de reproche.

—Sé que fue un error —se apresuró a aclarar—. Ian finalmente me encontró, y ahí fue cuando MacPherson me atrapó, antes de que yo volviera con él.

—¿Te das cuenta del riesgo que corriste, Katherine?

—Eso fue exactamente lo mismo que me dijo Ian al rescatarme. Nunca lo había visto así —murmuró—. Su voz era fría como el hielo cuando le habló a mi captor, y sus ojos estaban repletos de ira…

—Es un guerrero, Kate; el mejor que he visto en mi vida. Y si Ian tenía la mirada de furia que recuerdo haberle visto alguna vez en las batallas, ¡puedo asegurarte que MacPherson se debe haber cagado en sus botas! —exclamó Cam, y sonrió orgulloso de su amigo.

—Bueno, puede ser. ¡Aunque con lo mal que olía ese hombre repugnante, no creo que se distinguiese si se había hecho en sus botas o no!

Por un instante, los hermanos rieron compartiendo la broma, sin embargo, la charla no había terminado y Kate sabía, condenadamente bien, que ahora venía la parte más vergonzosa de explicar.

—¿Qué pasó entonces, después de que Ian expulsara a MacPherson de las tierras de McInnes?

—Él seguía furioso, pero también advertí su miedo. Era miedo por mí, Cam; pánico por lo que podría haberme sucedido, lo sé. Entonces todo sucedió muy rápido… Ian me tomó en sus brazos, y me besó… muy apasionadamente —su voz se había tornado más baja, casi imperceptible.

—¿Él? ¿Tú y él?

—No, fue solo un beso… ¡Fue tan maravilloso! —exclamó con voz soñadora—. Era como haber perdido la razón; nada más existió en ese instante, solo él y yo. Sin embargo, Ian, inoportunamente, recuperó el juicio —dijo decepcionada.

—¿De qué estás hablando, Kate?

—Yo quería ser su mujer, Cam. Sé que debería estar avergonzada, pero no lo estoy. Yo lo deseaba. Anhelaba entregarme a él, y se lo confesé; también cuánto lo amaba, y le pedí que se casara conmigo.

—¿Tú le dijiste eso? ¿Katherine, acaso te has vuelto loca? Ninguna muchacha decente le dice esas cosas a un hombre y sigue siendo virgen.

—¡Yo, lamentablemente, lo sigo siendo! ¡Ese condenado y su sentido del honor! Volvió a darme todas sus malditas excusas de por qué él no era apropiado para mí, y descargó todo su enojo y frustración lanzando puñetazos contra un tronco.

—Katherine —sonrió su hermano—. ¿Te das cuenta? Él se cree indigno de ti, sin embargo, es el hombre más honorable que pisa esta tierra… —palmeó la mano de su hermana—. ¡Hablaré con él, y lo haré recapacitar! No te preocupes, hermanita; si hay un hombre que te merece, y no importan los títulos o las posesiones, ese es Ian Mc Dubh, y yo me encargaré de que el muy testarudo lo comprenda.

—¡Oh gracias, Cameron! Sabía que tú me comprenderías —Kate abrazó a su hermano, se sentía esperanzada. Lo cubrió de besos.

—Kate… solo… no vuelvas a lanzarte a sus brazos hasta que no estén debidamente casados, ¿de acuerdo?

—Lo prometo, hermanito. Haré lo posible por mantener las distancias hasta que tú hables con él.

—Bien. Ahora volvamos al castillo que ya está refrescando y tú no has traído una capa —Cam miró hacia el cielo cubierto de espesas nubes, y negó con la cabeza—. Parece que se avecina una tormenta. ¡Espero que Ian haya podido terminar de reparar el cobertizo y que aún le quede algún dedo sin machucar! —Los dos estallaron en carcajadas al recordar la diatriba que había soltado Mc Dubh desde el techo.



*** 



Cameron prometió a su hermana que hablaría con su querido amigo luego de la cena, de hecho, iba a hacerlo. Estaba a punto de hablar con Ian acerca de los sentimientos de Katherine, cuando un hombre joven de gran altura, notoriamente fatigado y algo sucio, ingresó al salón flanqueado por dos guardias del castillo.

—Mi señor —habló uno de los escoltas, dirigiéndose a McInnes—. Este caballero ha pedido expresamente entrevistarse con usted.

Cam se puso de pie, y se acercó al hombre. Ian, con gesto serio, hizo lo mismo y se colocó a la derecha de su amigo, unos tres pasos detrás para custodiarlo; había posado una mano en la empuñadura de su espada.

Cam observó al recién llegado de arriba abajo con seriedad. Notó que aquel hombre tendría unos veinticinco años. A pesar del polvo que cubría sus ropas, se veía que eran de buena calidad. En general, el aspecto del joven de cabello negro no demasiado largo y ojos oscuros, se notaba cuidado. Supuso que su suciedad y su barba crecida de dos o tres días se deberían a un extenso viaje a lomos de caballo. Cam únicamente habló después de sacar sus conclusiones.

—Portas los colores de MacKenzie —no era una pregunta sino una afirmación. Cameron conocía a la perfección el tartán del clan aliado—. ¿Quién eres y quién te ha enviado?

—Mi nombre es Jason y me ha enviado mi tío, el Laird MacKenzie, señor. Tengo órdenes explícitas de hablar con Cameron McInnes, y rogarle su ayuda —al hombre le costaba un poco hablar de corrido sin que se le entrecortaran las palabras puesto que todavía estaba cansado por el viaje realizado.

—Yo soy Cameron McInnes —se presentó—. Ven, Jason MacKenzie, eres bienvenido a mi mesa, y allí me podrás contar qué es lo que te trae por aquí.

El anfitrión hizo señas a unas siervas que estaban apostadas junto a la puerta que conducía a las cocinas, para que el viajero fuera prontamente atendido.

—Milord, le agradezco su hospitalidad, pero me temo que no tenemos tiempo para tantas formalidades. Lo que me trae aquí es un asunto que no admite más demoras.

—Bueno, habla entonces, hombre; pero al menos siéntate un momento, y bebe una copa de vino mientras lo haces.

—Gracias —el joven asintió. Bebió el líquido en pocos y largos tragos para no demorar demasiado, y empezó a explicar el motivo de su viaje—. Mi tío me ha enviado para solicitar su ayuda, milord.

—Sí, sí, ya has dicho eso. ¿Pero qué es lo que ha sucedido para que tu tío envíe por mí?

—En realidad, mi tío lo necesita a usted, y a algunos hombres más de su clan, que pueda llevar —bebió unos tragos más de la copa que le habían vuelto a rellenar con un vino caliente con especias, que pronto le devolvió la temperatura a su cuerpo. Fuera la noche estaba fría y el viento helado se le había calado hasta los huesos a Jason MacKenzie.

—Bien, Jason. Estoy esperando que hables.

Jason asintió.

—Un grupo de hombres del clan MacPherson ha secuestrado a las hijas de mi Laird.

—¿Qué? —rugió Cam. Los presentes levantaron la vista, sobresaltados con la reacción de su señor—. ¿Se han llevado a Brenna?

—Sí, milord. A mis primas lady Brenna y a lady Fiona.

El puñetazo que Cameron estrelló contra la mesa dejó a todos perplejos. Nadie hubiese esperado tal reacción, cargada de efusividad y de absoluta ira; sobre todo porque excepto Ian, el resto desconocía la verdadera naturaleza de la relación de Cameron con lady MacKenzie

—¿Cuándo se las llevaron?

—Se las llevaron hace tres días. Ellas viajaban hacia el sur a visitar a unos familiares, entonces su caravana fue interceptada en el camino poco después de salir de las tierras de MacKenzie —negó con la cabeza, su voz y su mirada estaban cargadas de pesar—. La mayoría de los guardias fueron asesinados y ellas dos capturadas. Una de las doncellas que pudo huir se escondió entre unos matorrales y, cuando los MacPherson huyeron, regresó al lugar para verificar si alguien continuaba con vida. Solo dos de los diez hombres que formaban el séquito fueron salvados; el resto de ellos estaban muertos.

—¿Por qué no fui avisado antes? —Inquirió—. ¡Ya han pasado tres días! —Los ojos pardos fulminaban a MacKenzie—. ¡Mierda! —soltó abruptamente, y se separó de la mesa. En esa situación, no soportaba quedarse quieto—. ¡Ya podría haberles sucedido cualquier cosa en manos de esos desgraciados!

—Mi señor, en cuanto el laird fue informado salió con un grupo de hombres detrás de los MacPherson, y me envió a mí en su busca —explicó el joven—. He cabalgado por dos días, sin detenerme más que unos minutos para atender mis necesidades, eh, lo siento señorita —se disculpó Jason al notar por fin la presencia de Kate.

—No tiene por qué disculparse, señor, yo lamento mucho lo que ha ocurrido con sus primas —expresó Kate con educación.

—Gracias —él asintió, después regresó su atención a Cameron—. Mi señor, entonces, ¿vendrá usted conmigo a ayudarnos a rescatar a mis primas?

—Desde luego. Prepararé a un grupo de hombres, y partiremos en menos de una hora —expuso con firmeza—. Tú, si quieres, aprovecha a comer algo y a descansar un poco MacKenzie; pero antes de que transcurra una hora te quiero listo para emprender el viaje —concluyó, sin dar lugar a refutaciones.

El joven asintió de acuerdo, y se relajó un poco en la silla. Era como si todo su cuerpo implorara por un merecido descanso, sin embargo, solo tenía menos de una hora para recuperar sus fuerzas.

Katherine, apenada por él, le acercó una fuente con comida y una jarra con más vino especiado. Él se lo agradeció sinceramente mientras devoraba, a grandes bocados, la exquisita carne asada. Mientras lo observaba, Kate se preguntaba seriamente cómo haría ese hombre, que había cabalgado durante dos días y dos noches, para volver a lanzarse en una travesía tal vez más dura que la anterior.

—Alistaré mis cosas —acotó Ian, y se puso de pie antes de que Cameron abandonara el salón.

—No, Ian —respondió Cameron, y se detuvo al pie de la escalera de piedra—. Tú no irás con nosotros.

—¿Qué? —Preguntó con incredulidad—. ¿Piensas mezclarte en una escaramuza con los MacPherson, y no vas a llevarme contigo? —Ahora era Ian quien se movía inquieto, en torno a su amigo—. Voy contigo —dijo con resolución—, necesitas quien te cuide las espaldas, amigo mío —su tono era decidido, no obstante, Cameron pensaba ser más firme aún.

Cam se acercó a Ian, apoyó las manos sobre los hombros de su amigo, e hizo contacto visual.

—Necesito que cuides de alguien que es mucho más importante que mis espaldas, y esa, sabes que es mi hermana, Ian. Entiende que en ausencia de mi padre, no puedo dejarla sola —le sonrió de lado—. Necesito que el mejor guerrero la proteja; y no hay nadie mejor que tú.

Ian quiso protestar. Cam lo silenció al negar con la cabeza.

—Únicamente puedo partir tranquilo al saber que ella está contigo. Ian, en mi ausencia, y hasta que regrese mi padre en un par de días de su viaje por las islas de Skye, tú estás a cargo del castillo y de su gente. Confío plenamente en ti para que tomes las decisiones adecuadas con respecto a cualquier asunto que se presente y, sobre todo, te encomiendo la seguridad y el bienestar de Katherine. Me llevaré a un grupo de veinte hombres, el resto queda plenamente bajo tus órdenes.

—Procuraré no traicionar tu confianza —dijo Ian, e inclinó la cabeza a modo de reverencia.

—Lo sé —fue la respuesta de Cam. Palmeó a su amigo en la espalda y, sin decir ni una palabra más, se encaminó hacia las escaleras. Mientras caminaba, Cameron ladraba órdenes a sus hombres.

—¡Será un gran Laird algún día! —Exclamó con admiración Jason MacKenzie, con la mirada todavía fija en corredor oscuro.

—¡Si no lo matan antes! —Refunfuñó Ian, en evidente desacuerdo por no poder acompañar a su amigo en esa batalla.



*** 



Cameron y sus hombres se encaminaron hacia las tierras de los MacPherson; tierras que lindaban a dos días de camino hacia el norte con las tierras de su padre, el laird McInnes. Él y sus guerreros iban decididos a arrasar con cuanto hombre del clan opuesto se interpusiera en su camino; sin embargo, no fue necesario ningún enfrentamiento, ni derramamiento de sangre.

Como por acción de un milagro, lady Brenna y lady Fiona los interceptaron a ellos a mitad de camino. Les explicaron que habían podido escapar de sus captores, aunque no ofrecieron mayores detalles, y les rogaron que no siguieran hacia las tierras de sus enemigos y, en cambio, pidieron a los hombres que las llevaran de regreso a su hogar.

Cameron no tuvo otra opción más que cumplir con los deseos de su prometida, y acompañó a las dos damas hacia las tierras de Mackenzie. No obstante, juró que haría pagar a sus enemigos por la osadía de haberse llevado a las muchachas; aunque aquello, debería esperar…

Mientras el séquito se alejaba, lady Fiona, montada en un blanco corcel, volvió la vista hacia atrás. Cerró los ojos durante unos breves instantes, como si quisiera retener en ellos un recuerdo. Alzó los párpados, y suspiró. Por el bien de todos, debía seguir adelante, y callar.



*** 



Luego de haberse ausentado del castillo por un puñado de días, Cameron regresó a su hogar dispuesto a dos cosas: En primer lugar, debería hablar con el testarudo de su querido amigo Ian. Necesitaba saber si él sentía por Kate lo mismo que ella sentía por él; y, si era así, haría lo imposible porque esos dos se desposaran. En segunda instancia, anunciaría a su padre y a su hermana —su mejor amigo ya era conocedor del asunto— de su compromiso y pronta boda con Brenna MacKenzie. Pero Cameron no pudo llevar a cabo ninguno de sus objetivos.

Al llegar al castillo, Cameron se encontró con que su padre, el laird, había regresado de su viaje por las islas de Skye.

Esa no fue la única sorpresa que Cameron se llevó al ingresar al inmenso salón de piedra gris, adornado en las paredes con pesados tapices rojos que mostraban el dibujo de dragones rampantes y flores de brezo.

Su padre, el inmenso hombre de largos cabellos plateados y rostro de vikingo, se veía cansado. Lo recibió sentado en su sillón preferido y, aunque se incorporó para darle un fuerte abrazo, Cameron advirtió el esfuerzo que el hombre hacía al ponerse de pie y el leve movimiento que hizo al llevar una de sus nudosas manos hacia la cintura, evidentemente dolorida por el largo viaje a través de las montañas a lomos de caballo.

Cameron tomó asiento frente a su progenitor, luego le preguntó por Katherine y por Ian, puesto que aún no los había visto. Fue entonces cuando su padre le ofreció una respuesta que provocó que él casi se atragantara con el vino que le habían servido y que justo bebía.

No podía creer lo que sus oídos escuchaban. Sin poder evitarlo, la desesperación y la urgencia se apoderaron de su ser mientras su padre, muy tranquilamente, le explicaba que había prometido en matrimonio a la pequeña Katherine con el gran laird de Skye, y que la idea en un principio había sido que él, Cameron, partiera inmediatamente escoltándola a ella hacia las tierras de su prometido. Debido a su ausencia y a que el viaje no había podido ser aplazado por una promesa más que el hombre mayor había hecho al joven laird, había sido Ian quién había escoltado a Kate hacia Skye.

Cameron sintió que la sangre se agolpaba en sus oídos. No podía dejar que se cometiera semejante error. Sabía que el laird Colin MacDonald era un gran partido. MacDonald era un hombre poderoso, con riquezas, honorable, guapo según decían… y, sobre todo, era un buen hombre; pero Katherine no lo amaba. Ella amaba a Ian Mc Dubh y, si la intuición no lo engañaba, sospechaba que su amigo le correspondía.

No, Cameron no podía quedarse de brazos cruzados a sabiendas de que su hermanita estaría sufriendo por tener que desposarse con un hombre a quien no amaba; y que su amigo también tendría el corazón desgarrado al ver cómo la mujer que amaba, porque Cameron podía jurar que así era, era entregada en matrimonio a otro; y para colmo, tenía que ser él mismo quién lo hiciera. Eso era demasiado para cualquiera, y él debería impedirlo.

Cameron no perdió más tiempo, si lo hacía, justamente podía no llegar a tiempo. Volvió a subir a lomos de caballo y, con un grupo de sus hombres, volvió a internarse en la abrupta geografía escocesa, esta vez hacia el oeste; hacia las Islas de Skye.

Otra vez había relegado su anuncio de compromiso con Brenna MacKenzie; pero Cameron se juró que en cuanto regresara a casa con su hermana y su cabezota amigo, comunicaría sus planes a su padre. Pensaba desposarse con la mujer a quien amaba con todo su corazón antes de que acabara el año, y para eso no faltaban más que unos pocos meses…

Y Cameron lo había hecho.

Poco más de dos semanas después de su partida hacia las Islas de Skye, Cameron regresó a su hogar luego de haber pasado por grandes momentos de tensión, los cuales recién se vieron aliviados cuando finalmente vio a su querida hermana Katherine contraer matrimonio con su mejor amigo, Ian Mc Dubh.

Fue entonces, al llegar los últimos momentos de los festejos de esa boda, cuando Cameron ya no pudo aguantar más el retener las palabras. Se puso de pie frente a todos los invitados a las nupcias, incluidos el padre de su prometida, la propia Brenna y la hermana de ella, y mirando a la mujer que le había robado el corazón un par de meses atrás, confesó su amor por ella y solicitó formalmente su mano al laird MacKenzie.

La declaración fue recibida con un fuerte sonrojo y una hermosa y enorme sonrisa por parte de Brenna. Por otro lado, ambos lairds y padres de los futuros novios, festejaron la noticia. Ellos dos también estaban de acuerdo con el compromiso y próximo, muy próximo en realidad, enlace entre Cameron McInnes y Brenna MacKenzie.

Esa noche se festejó por partida doble, y al día siguiente empezaron a ultimarse los detalles para el enlace… aquel enlace, aquellos planes, que finalmente fueron truncados debido a la crueldad y salvajismo de los MacPherson.




Capítulo III 



Los MacPherson eran un clan belicoso. Tenían problemas con tres cuartos de los clanes de las Tierras Altas, y aquellos que no eran sus enemigos, era porque con seguridad eran de su misma calaña.

El laird Balgair MacPherson y sus dos hijos mayores, Beathan y Darach, no tenían respeto por nada ni por nadie. Sanguinarios y ambiciosos, buscaban y conseguían lo que querían a fuerza de violencia. Eso era lo único que ellos sabían hacer.

Desde que muchos años atrás muriera el padre de Balgair y él heredara el liderazgo de su gente, el clan se vio sumido en una decadencia absoluta.

Balgair descuidó a su pueblo. Les negó ayuda y una guía cuando ellos se lo pidieron y, sobre todo, el malvado hombre no supo administrar los recursos de su tierra.

Los campos de los MacPherson, antes fértiles y productivos, se convirtieron en pocos años en terrenos estériles en los que ya no crecía la siembra y en donde los esqueléticos animales terminaban muriendo de inanición.

Para Balgair y sus dos hijos mayores, resultaba más cómodo y divertido convertirse en vulgares cuatreros y llevar a su gente por ese mismo camino, que trabajar duro, de sol a sol, para que el clan fuera lo que alguna vez había sido: Un clan próspero y pacífico.

Pero la prosperidad y la paz para los MacPherson, y para el resto de los clanes de las Tierras Altas, quienes se habían transformado en sus enemigos, había terminado el día que Balgair había enterrado a su padre.

Nyah, de veinticuatro años, y Hope, de dieciocho, los hijos menores de Balgair, eran harina de otro costal, y sin duda hubiesen sido el orgullo de sus antepasados, quienes seguramente se estarían removiendo en su tumba al ver en lo que se habían convertido Los MacPherson. Pero los jóvenes, si bien lo deseaban, nada podían hacer para frenar al laird y a los otros hombres; aunque nunca participaron en aquellas escaramuzas en contra de sus vecinos.

Muchos de los aldeanos de las tierras de los MacPherson habían emigrado en busca de un lugar mejor para vivir; pero otros tantos se habían quedado. Estos últimos vieron como con el tiempo sus chozas se convertían en poco más que ruinas, y sus cuerpos se volvían enfermizos y débiles a causa de la escasez de comida.

Nyah y Hope, a espaldas de su padre y de sus hermanos mayores, procuraron colaborar con los aldeanos del clan que habían decidido quedarse en aquellas tierras olvidadas por Dios. Les proporcionaban alimentos y medicinas, así como paja y maderas para las construcciones y, en muchos de los casos, hasta ayudaban a los aldeanos a reparar con sus propias manos los techos o las cercas.

Hope y Nyah habían deseado más de una vez poder salir de aquellas tierras, puesto que cualquier lugar en el mundo hubiese sido mejor para ellos que su propio hogar; pero nunca lo hicieron. Ellos permanecieron allí por aquella gente que los había adoptado como sus ángeles guardianes y que dependía de ellos para que sus existencias no fueran aún más miserables.

Pensar en su pueblo era el único aliciente que Nyah y Hope tenían cada mañana para salir de sus camas, aún a sabiendas de que seguramente al terminar el día, habrían ganado un nuevo enemigo, o que su progenitor y sus hermanos mayores junto a sus hombres de confianza, habrían provocado una nueva desgracia.

Ellos sentían asco y vergüenza de tener sangre MacPherson corriendo por sus venas; pero tampoco podían olvidar que el suyo había sido un clan de gente noble y trabajadora, cuando había sido liderado correctamente por su abuelo.

Un laird justo, eso era lo que necesitaban Los MacPherson para volver a florecer y ser un clan pacífico. Y aunque aquel parecía ser un deseo de niños, un imposible susurrado a la almohada, o en una plegaria silenciosa al cielo, esa gran transición para ellos comenzó la noche en la que Brenna MacKenzie fue secuestrada por segunda vez.



Capítulo IV 



Septiembre - Año de Nuestro Señor de 1616

Brenna MacKenzie, escoltada por cuatro hombres de su padre y acompañada por su doncella de confianza, regresaba de su paseo de seis días por la ciudad de Inverness, en donde había visitado a su querida tía y a una costurera.

Brenna había querido que fuese Miss Marguerite quien le confeccionara su traje de novia, puesto que ella había sido su costurera personal durante los diez años que había residido en Inverness. La mujer de cabellos negros pintados de plata y profundas arrugas alrededor de sus ojos color celeste, no solo era eficiente en su trabajo, sino que les prodigaba un especial cariño a las MacKenzie, y eso, Brenna lo valoraba en demasía.

Era de noche, y la luna, en cuarto menguante, jugaba a las escondidas detrás de unas nubes que remolonamente eran barridas a lo largo del firmamento.

La calma reinante invitaba al adormecimiento. Se oía el arrullo lejano de un río, la sinfonía susurrante de las hojas de los árboles apenas meciéndose con la brisa nocturna, el ulular de una lechuza de tanto en tanto…

Aquella paz parecía querer burlarse del caos que se desataría poco después, cuando la caravana cruzara por el estrecho pasaje contenido a ambos lados por las paredes de las montañas. Allí, en ese punto geográfico ridículamente cerca de destino, y en ese instante que quedaría para siempre grabado a fuego en los recuerdos, empezaría una nueva historia.



*** 



Cameron cenaba esa noche en el castillo de su futuro suegro, el laird MacKenzie, mientras esperaba la llegada de su prometida.

Al transcurrir las horas y notar el retraso de los viajantes, quienes tenían previsto llegar a destino esa misma noche para la hora del céilidh[2], Cam, junto a su mano derecha, Ian Mc Dubh, y una patrulla de diez hombres, salieron a recorrer el camino.

No habían cabalgado más de una hora, cuando al llegar a un pasaje rocoso, los hombres se encontraron con un panorama macabro.

Los cuatro escoltas de la prometida de Cameron yacían en medio del camino pedregoso. Estaban muertos y sus cuerpos habían sido salvajemente mutilados. No había señales de las dos mujeres, ni tampoco de los atacantes, y la oscuridad nocturna dificultaba su rastreo.

Los hombres, desesperados y con la ira impulsando sus movimientos, emprendieron una búsqueda desenfrenada a través de las montañas escarpadas. Guiados por el instinto, cruzaron zonas de bosques exuberantes y ríos caudalosos, en una carrera contra el tiempo y en contra de un enemigo, hasta entonces, sin rostro.

Cameron e Ian tenían una sospecha de quienes podrían ser los autores de ese nuevo ataque a la hija de MacKenzie, sin embargo, hasta no dar con los culpables, no podían estar seguros de su identidad; aunque la intuición los hacía guiar al séquito hacia las tierras de los MacPherson.

Un trozo rasgado de tela, prendido en un pequeño arbusto de frutos rojos, llamó la atención de Ian, quien lo recogió y entregó a su amigo. Cameron lo reconoció de inmediato como el tartán de los MacKenzie, entonces los amigos supieron que iban por el camino correcto.

Cameron ordenó a los hombres que agudizaran los sentidos y forzaran la vista en busca de huellas frescas o nuevas pistas, como la del trozo de tela que, él sospechaba, había sido plantada adrede por su inteligente novia.

Un trecho más adelante en el camino, Cameron fue el primero en oír un gemido débil y lastimero. Se apeó del caballo, seguido inmediatamente por Ian, y ambos hombres se acercaron a una pequeña pendiente.

Allí la hierba era espesa.

Los hombres miraron con detenimiento hacia el lugar del cual había provenido el sonido, que ahora había cesado. La incertidumbre crispaba los nervios, no obstante, ellos procuraban mantener el temple.

Las primeras luces del día comenzaron a filtrarse entre las hojas de los abetos, y tiñó el paisaje levemente de anaranjado.

Un nuevo gemido.

—Allí —señaló Ian. Gracias a la mediana claridad, había distinguido dos bultos ocultos detrás de unos arbustos moteados.

Cameron tragó saliva y apretó los puños mientras descendía la pendiente a la carrera. El corazón parecía querer salirse por su garganta, mientras que el terror le apretaba y le retorcía las entrañas.

Un nuevo gemido. Parecía el de un animal herido, pero Cameron ya había notado que no se trataba de ningún animal, sino de un ser humano. Y Dios lo amparara, porque si no se equivocaba, esa larga cabellera negra que asomaba entre las hojas, era la de su preciosa mujer.

Se sentía desesperado.

La ladera no era demasiado extensa, pero esos pocos metros se le hicieron eternos y, mientras los recorría, Cameron rogaba a Dios para que Brenna estuviese sana y salva. Esperaba que aquello que provocaba que ella se quejara no fuera más que un insignificante golpe.

Pero no fue así.

Cameron llegó junto a su prometida y se arrojó a su lado, de rodillas en la hierba humedecida por el rocío. La tomó con cuidado y, aunque el interior de su cuerpo temblaba, sus manos se mantuvieron firmes, asidas a la pequeña cintura y espalda, mientras la volteaba y luego la encerraba entre sus brazos para acunarla.

Su mirada de color pardo recorrió el cuerpo femenino, y de inmediato reconoció la gravedad de las múltiples heridas que teñían de rojo la ropa de viaje que ella vestía. Todo su ser se estremeció de ira e impotencia.

El corazón de ella latía débil, y sus inhalaciones no eran más que un torpe intento por incorporar aire a un cuerpo que ya no tenía fuerza siquiera para realizar ese movimiento involuntario.

Brenna abrió los ojos, y le regaló a él una de sus últimas miradas.

—Cam… —susurró. Ni siquiera levantó la mano para acariciar la mejilla masculina. Aunque era ese su deseo, sabía que su brazo no respondería—. Luché, luché y… ellos no pudieron… —las palabras se atascaban en su garganta. No eran más que sonidos casi imperceptibles.

—Mi valiente Brenna —le respondió Cam con dulzura, mientras él sí podía cumplir su deseo de recorrerle a ella la mejilla con sus dedos, ahora temblorosos—. ¿Quién te hizo esto? —Necesitaba saberlo. El deseo de venganza era cada vez más grande dentro de su pecho, tanto que le estaba impidiendo respirar con normalidad.

—Balgair McP… Pherson y sus dos hijos mayores —logró decir, aunque no sin dificultad.

—Te juro que pagarán con sus vidas —prometió.

—No pudieron tocarme. No los dejé —volvió a repetir, siempre en susurros dolorosos y entrecortados—. Solo tu mujer, mi amor… de nadie más —declaró, y sonrió débilmente al hacerlo.

—Lo sé. Lo sé, mi valiente Brenna —respondió él.

Cameron tuvo que tragar saliva para apartar el fuerte nudo que se había instalado en su garganta, pero no lo logró. Sin embargo, no podía dejar que ella supiera que ese era el final. Irreversible, e impostergable.

No obstante, Brenna lo presentía.

—No quiero que llores por mí, Cameron McInnes —le pidió, a modo de despedida, a sabiendas de que esos eran sus últimos instantes junto a él.

—Te amo, Brenna. Te amaré siempre —declaró Cameron. Estrechó el cuerpo tembloroso contra su pecho, y enterró el rostro en el cabello negro, mientras apretaba los ojos fuertemente para contener las lágrimas—. Te amaré siempre…

Esas últimas palabras de Cameron se mezclaron con el suave Te amo que los labios femeninos modularon en una última exhalación que se llevó con ella todo lo que Cameron McInnes había sido alguna vez.

Un rugido herido y cargado de ira cortó el apacible amanecer de las Highlands, y una bandada de pájaros, asustados, levantó vuelo hacia el cielo teñido de anaranjado.

Mientras Cameron había estado junto a Brenna, Ian había llegado hasta el otro cuerpo que yacía a una corta distancia del primero. La joven doncella de Brenna MacKenzie estaba muerta. Había sido golpeada y, por el estado de sus faldas y la sangre entre sus muslos, la muchacha también había sido violada.

Ya no había nada que los hombres pudieran hacer por las dos mujeres más que hacer pagar con sangre a los culpables de semejante salvajismo, y Cameron ya sabía, a ciencia cierta, el nombre de ellos.

Cameron se permitió unos pocos instantes más para llorar su pena junto al cuerpo de su novia. Al cabo de un rato la depositó suavemente sobre la hierba, la besó en los labios, luego se quitó la capa y la cubrió a ella con la prenda.

Ian se acercó a su amigo con el cuerpo de la doncella entre sus brazos, la recostó junto a su ama, y la muchacha también fue cubierta por el abrigo.

Mc Dubh apretó el hombro de su amigo en señal de apoyo.

Cameron levantó los ojos hacia él. Su mirada contenía el frío del hielo y, al mismo tiempo, el fuego de la rabia contenida.

—Fueron los MacPherson —dijo Cameron con voz gutural—. Y quiero sus cabezas. ¡Quiero su maldita sangre tiñendo la tierra! —gruñó.

Ian asintió.

—Vamos, no pueden estar lejos de aquí. Sabes que lucharé a tu lado, y puedo prometerte que ellos pagarán por lo que han hecho.

Cameron se puso de pie. Dirigió una última mirada al bulto que contenía los cuerpos de las mujeres, y apretó la empuñadura de su espada. Respiró profundamente antes de voltear hacia los hombres que lo acompañaban e impartir órdenes.

Aunque hubiese preferido devolver él mismo el cuerpo de la criada y el de su novia al padre de ella, Cameron sabía muy bien que no podía dejarlas allí a la intemperie hasta que ellos regresaran, puesto que serían presa fácil para los animales carroñeros. Delegó aquella tarea en dos jóvenes guerreros. Momentos después, él y los demás highlanders montaron sobre sus caballos y, a rápido galope, se lanzaron detrás de sus enemigos.



*** 



Cameron McInnes y los hombres que lo acompañaban, se dirigieron hacia el norte. Cabalgaron a una velocidad endiablada durante todo el día sin detenerse. Apenas se retrasaba alguno para aliviar su vejiga, y enseguida volvía a ponerse a la par del grupo. No podían pensar en alimentarse, no cuando el único pensamiento que cruzaba la mente del líder, era la venganza.

Dieron con los MacPherson cuando no había pasado mucho de la medianoche.

Los vándalos acampaban en un claro y era notorio que habían llegado allí recientemente. Ian no se había equivocado. Los MacPherson les habían llevado ventaja, pero sin dudas había sido pequeña, y ellos habían estado pisándoles los talones todo el tiempo.

Los MacPherson eran seis, y estaban sentados alrededor de una hoguera. Mientras reían de las mismas groserías que decían unos y otros, asaban un pequeño conejo sobre las llamas y bebían grandes cantidades de whisky de dudosa procedencia y calidad.

Cameron había hecho que sus hombres dejaran los caballos ocultos entre los árboles. A pie se acercaron al claro y, con determinación, salieron a la luz estratégicamente ubicados para rodear a sus enemigos.

—MacPherson —Habló Cam con voz firme y sin pizca de temor. Se había detenido frente al aludido—. Ponte de pie, y paga por tus crímenes.

Balgair echó un vistazo a su alrededor. Los recién llegados los superaban en número. Volvió a mirar al gigante rubio, y esbozó una sonrisa de dientes podridos.

—McInnes —dijo en tono burlón, mientras a desgana obedecía; pero no sin antes colocar su mano sobre la empuñadura de su espada. Con la otra mano acarició su espesa barba trenzada que se confundía con sus mugrientos cabellos largos—. ¿Qué os trae por aquí?

Cameron soltó un gruñido gutural, y se abalanzó sobre él.

—¡Lo sabes bien, hijo de puta!

Los hombres de MacPherson, quienes aún permanecían en sus lugares, quisieron reaccionar a favor de su líder, no obstante, cada uno de ellos era asediado por un hombre de Cameron.

Se desató una lucha encarnizada, en la que el entrechocar del acero y los gritos y gemidos de los que eran heridos, rompieron la apacibilidad nocturna.

Ian despachó a Beathan MacPherson sin tener que esforzarse demasiado.

Darach, el otro hijo del laird enemigo, yacía a poca distancia, con una herida mortal en el corazón. Darach había querido defender a su padre, pero Cameron, en una lucha de dos contra uno, había salido victorioso. Cam había detenido un golpe de espada de Balgair con su espadón corto y, aunque había perdido su arma en la faena, había alcanzado a sacar su Claymore, e instantes después la enterró en el pecho de Darach.

El laird MacPherson seguía enfrascado en la lucha contra McInnes.

Un hombre salió sigiloso de entre el follaje, y se acercó a Cameron sin que él se percatara. Iba a asentarle una estocada a traición.

Ian divisó el movimiento gracias a su visión periférica. Pateó en el estómago a su contrincante, y logró derribarlo. En dos rápidas zancadas se puso detrás de su amigo, justo a tiempo para detener con su Claymore el golpe descendente que el recién llegado lanzó con su espada.

Ian y Cameron siguieron luchando espalda con espalda, tal como solían hacer en las batallas. Así los guerreros se protegían mutuamente.

—Tú me debes una, Mc Dubh, y hoy ajustaremos cuentas —amenazó el mugriento montañés. Con furia arremetió contra Ian.

Ian también lo había reconocido. Se mantuvo impasible y, con maestría, detuvo todos los ataques. Sus ojos azules se convertían en hielo en todas las batallas, pero allí, frente a ese hombre que una vez había osado capturar a su Kate, su mirada era aún más intimidante. El filo de su espada se enterró en el muslo derecho de su enemigo.

—Te equivocas, Ron MacPherson —gruñó Ian. Levantó la espada para luego hacerla descender en un golpe limpio. Logró rasgar la tela mugrienta y la piel del abdomen de su oponente. Sin darle descanso al hombre que parecía un oso mugriento, Ian volvió a atacar—. Te enviaré al infierno —dijo, y le enterró la espada, en una estocada mortal, en el pecho.

Ian dirigió una mirada a su alrededor. Los demás hombre de MacPherson estaban todos muertos, también dos de los highlanders que habían ido con ellos.

Cameron seguía combatiendo contra Balgair.

El viejo estaba herido, pero no quería darse por vencido. Lanzó varias estocadas más hacia Cameron, y una de esas le alcanzó el hombro.

McInnes, hirviendo de rabia, esquivó un nuevo golpe, giró sobre sus talones, y acompañando sus movimientos, dejó que desde lo más profundo de su pecho surgiera un grito de furia y a la vez de alivio, cuando el filo de su hoja cortó la garganta de su oponente. Con ello daba por terminada la batalla.

Cameron permaneció de pie. Vio cómo el cuerpo de su enemigo se desplomaba en el suelo, y poco a poco se teñía la tierra con su sangre derramada.

Ian apoyó una de sus manos sobre el hombro de su amigo

—Vamos a casa, Cameron —le sugirió—. Ya has hecho justicia.

Cameron volteó lentamente hacia Mc Dubh. Su mirada se veía vacía.

—No se hará justicia hasta que el último de los MacPherson deje de respirar —sentenció. Su voz había sonado lejana, gutural.

—Los culpables ya están muertos. El resto del clan no tiene por qué pagar por los crímenes cometidos por sus líderes —refutó Ian.

—Todos ellos son mis enemigos, y no descansaré hasta que estén muertos —gruñó con ira.

—Te equivocas. Por primera vez no estoy de acuerdo contigo, y le ruego a Nuestro Señor para que entres en razón antes de que cometas más crímenes de los que cometieron aquellos que acabamos de ajusticiar.

Ian volteó hacia el resto de los hombres, y empezó a impartir órdenes puesto que notaba que su amigo, por el momento, no se encontraba en condiciones de hacerlo.

Recuperaron los caballos que habían dejado ocultos en el bosque. También utilizaron los animales pertenecientes a los hombres del otro clan.

Los cadáveres fueron recostados sobre las monturas y cubiertos con mantas. Como se encontraban cercanos a las lindes de las Tierras de los MacPherson, soltaron los caballos con los cuerpos de los enemigos. Los animales conocían el terreno, así que los hombres esperaban que llegaran hasta la fortaleza de sus dueños.

Una vez que los supervivientes estuvieron listos, emprendieron la marcha de regreso hacia las Tierras de los MacKenzie. Cameron ahora dirigía la comitiva, aunque se mantenía sombrío y en absoluto silencio.

Continuaron la marcha de más de treinta horas, transportando a sus propios muertos. Llegaron a destino recién a la madrugada del siguiente día.

Cameron ni siquiera quiso descansar; en cambio, se dirigió directamente a la tumba de Brenna, a llorar allí su pena.

El día había amanecido triste. El cielo estaba completamente cubierto por espesas nubes de un profundo tono de gris. El viento arreciaba con fuerza. Azotaba a Cameron, igual que lo azotaban la pena y el dolor lacerante que se había instalado en su pecho desde hacía casi tres días.

Las primeras gotas gruesas comenzaron a caer.

Cameron no se movió del lugar al que sus pies se habían anclado. Su vista permanecía clavada en la tierra aún suelta de la sepultura.

Pronto la lluvia se desató violenta, y lavó la sangre que cubría el cuerpo del hombre, su cabello y su espada. Esa era la sangre de sus enemigos. De aquellos que habían pagado con su vida por haberle arrebatado a su mujer… Pero Cameron McInnes no se sentía satisfecho con aquel puñado de muertes. Su corazón ahora albergaba un nuevo sentimiento, algo que nunca antes había sentido con tanta intensidad.

El odio y el deseo de venganza ardían en las entrañas de Cameron, recorrían sus venas, y envenenaban su sangre.

Cameron ya no era el mismo que había sido alguna vez. Ya nunca lo sería. No hasta que aquel deseo de venganza dejara de consumirlo, y eso no ocurriría hasta que el último con sangre MacPherson en sus venas, dejara de respirar.



Segunda Parte 

Capítulo V 



Ocho meses después
Mayo - Año de Nuestro Señor de 1617


—Tenemos que acabar, de una vez y para siempre, con estos enfrentamientos sin sentido —sentenció el laird McInnes con su grave tono de voz. Su puño cerrado sobre la superficie de la mesa había servido para enfatizar sus palabras. Sus ojos, una extraña mezcla en la que el verde se fundía con el marrón, se veían cansados, y las arrugas profundas alrededor, evidenciaban su avanzada edad. Sin embargo, el hombre no descansaría hasta que pudiera encaminar a su gente. Su pueblo y, sobre todo su hijo, aún necesitaban de su intervención.

»—Es inadmisible —continuó diciendo—, que las personas de nuestros clanes se crucen casualmente en algún camino o taberna, y se trencen en una salvaje lucha, tal como si no fuesen más que unos animales, y con el único pretexto de que nuestros clanes son rivales… —negó con la cabeza—. Es un despropósito.

—Por esa razón estoy aquí, McInnes —respondió por fin el hombre más joven, quien se hallaba sentado justo frente al anciano, del otro lado de la pesada mesa de madera—. Usted sabe, más que bien, del riesgo que he corrido al presentarme ante usted, en sus propiedades, desarmado, y sin un escolta. Creo que solo eso, es garantía y prueba suficiente de que deseo la paz para nuestra gente, tanto como usted mismo la desea.

McInnes asintió lentamente con la cabeza. Sus cabellos plateados caían sueltos hasta sus hombros, antaño poderosos, y ahora levemente encorvados hacia adelante debido al peso de los años y de las responsabilidades.

Sí, McInnes sabía perfectamente que MacPherson tenía razón. Durante un momento en el que no pronunció palabra, el anciano se dedicó a estudiar las facciones y el porte del muchacho.

Las muchachas deberían considerarlo guapo con su gran altura, aunque no fuera demasiado corpulento. Vestía los colores MacPherson y, aunque sus ropas descoloridas y desgastadas eran una muestra más de la decadencia en la que había caído su clan, las prendas se veían pulcras y prolijamente remendadas.

El cabello castaño ondulado le llegaba al joven hasta poco más de los hombros. Lo llevaba suelto y limpio. No se podía negar que el joven tenía facciones agraciadas, no obstante, lo que capturó la atención del anciano laird, fueron los ojos de Nyah MacPherson. Sus ojos grandes y del color de las castañas, poseían una fuerza y una determinación que lo impactaron.

McInnes también supo, que ese joven laird que estaba frente a él, no estaba hecho de la misma madera podrida que su padre y hermanos mayores. Nyah MacPherson, sin dudas, era un digno heredero de su abuelo y sería su orgullo si el anciano viviera.

—Entonces, McInnes, ¿pensará usted en mi propuesta? —Inquirió Nyah. Sin darle tiempo a responder, añadió—: He estado dándole vueltas al asunto y, después de pensar en todas las opciones, creo que esa es la única forma de consolidar verdaderamente la paz entre nuestros clanes.

—No tengo nada que pensar, Nyah —habló McInnes con firmeza—. Ya tomé la decisión —aseguró.

El joven esperó expectante, aunque sin demostrar su ansiedad, por una respuesta. De ella dependía el futuro de mucha gente.

—Estoy de acuerdo contigo. Lo llevaremos a cabo cuanto antes.

Cuando Nyah estrechó la mano de McInnes, sintió que todo riesgo que hubiese corrido al presentarse sin defensa alguna ante él, con aquel pacto que acababan de sellar, estaba justificado. Respiró con alivio.



*** 



—¿¡Qué diablos…!? —La potente voz masculina rasgó el aire, haciendo sobresaltar a los dos hombres que se estrechaban las manos amistosamente.

Con una rapidez asombrosa, Cameron dejó atrás las puertas doble de madera, cruzó el salón con largas zancadas y, con la agilidad de una pantera, saltó sobre la amplia mesa. Antes de que alguien pudiese reaccionar, Cameron había tomado a MacPherson por la pechera de la camisa, que crujió al desgarrarse por la fuerza que el poderoso puño ejercía al aferrarla.

Cameron empujó al joven laird contra uno de los muros. Lo apresó contra la fría piedra, y le apoyó su poderoso antebrazo en la garganta para retenerlo. Sus ojos, amenazantes, irradiaban ira.

Nyah lo dejó hacer. No hizo ningún movimiento en su defensa, ni pronunció palabra alguna. Fue McInnes quien habló.

—¡Cameron, suéltalo! —ordenó el anciano mientras se acercaba a su hijo. Cuando estuvo junto a él, sostuvo su brazo para que aflojara la presión que ejercía sobre el cuello del joven.

Cameron hizo caso omiso a las palabras de su padre.

—¿Qué mierda haces aquí? —preguntó en cambio, dirigiéndose a su oponente.

Sus facciones parecían esculpidas en granito, y sus ojos desprendían tanto odio que aún si no hubiese poseído una imponente anatomía, con eso solo hubiese sido suficiente para verse intimidante.

Pero Cameron no logró intimidar a MacPherson. Nyah estaba dispuesto a todo con tal de salvar a la gente de su clan.

—Suéltame, y podremos conversar como personas civilizadas —sugirió el muchacho con la voz ahogada a causa de la presión que Cameron imponía sobre su cuello.

Cameron soltó una carcajada sardónica, sin pizca de humor.

—¿Hablar? ¿Cómo personas civilizadas? —Entrecerró los ojos y los clavó en el par castaño que no lo perdía de vista—. ¿Te olvidas que eres un MacPherson? —tragó saliva. Acumuló toda su rabia, y la soltó con las siguientes palabras—: Un maldito salvaje hijo de puta.

—No soy como ellos —dijo Nyah en su defensa. Al decir ellos, había hecho referencia a su padre y a sus dos hermanos mayores.

—¡Eres un MacPherson, y todos son asesinos!

—¡No! No lo somos —refutó—. La maldad de nuestro clan murió con mi padre y mis hermanos. Yo soy el nuevo laird, y si estoy aquí, es porque busco terminar con la enemistad de nuestros clanes.

—¡Eso no sucederá nunca!

—Cameron —habló el laird a su hijo. Ahora su voz en un tono más suave. Apoyó una vez más su mano en el brazo de Cam, y lo obligó a soltar a Nyah; luego se interpuso entre ellos—. Hijo, escucha. Gente buena; gente que no se dedica a las armas, está enfrentándose con sus vecinos sin ningún motivo más que porque unos responden al apellido McInnes y los otros a MacPherson. Es una guerra sin sentido que nos llevará a ambas familias a la destrucción. Eres inteligente, y lo sabes. No dejes que tu rabia personal destruya a tu pueblo. Eres el futuro laird, y debes ser racional.

Cameron lo sabía, pero no podía olvidar su profundo dolor. Le resultaba tan difícil arrancarlo de su pecho, de sus pensamientos…

—Cameron, hijo… —prosiguió Galen McInnes, al comprobar que, aunque su hijo pareciera ausente y sumido en sus propios pensamientos, colmados de aquellos demonios que lo perseguían día y noche desde hacía ocho meses, lo oía—. Ahora solo tienes que pensar y actuar en beneficio de nuestro clan. El clan que heredarás y deberás llevar adelante a mi muerte o cuando yo ya no me encuentre facultado para estar al frente. Piensa en tu pueblo, hijo. Piensa en tu hermana y en los hijos que ella y tú mismo, algún día, traerán a este mundo. Está en tus manos que ellos nazcan en una tierra de paz. Está en tus manos que nuestra familia pueda vivir sin temor a ser atacada o predispuesta a atacar a un MacPherson… Piénsalo, hijo.

Cameron pareció volver al momento real, en el que aún permanecía en la sala, con su padre, y con él…

—¿Por qué está él aquí? —preguntó una vez más, señalando despectivamente al joven laird.

—He venido en busca de un acuerdo de paz —respondió Nyah, privando al viejo laird de responder—. Tu padre y yo, como cabezas de familia, hemos llegado a un acuerdo que terminará con esta guerra de clanes que inició mi padre, y que, si nosotros hacemos un esfuerzo, también morirá con él.

—¿Un acuerdo? —preguntó Cam. Fruncía el entrecejo.

Si tenía que ser sincero con sí mismo, Cameron debía aceptar que tampoco quería ver a las personas de la aldea pelear como perros salvajes y resultar heridos. Aunque también era cierto que quería ver destruidos a los MacPherson; pero debía ser responsable y resguardar a su gente, que no dudaba en trenzarse en lucha para defender el honor de su apellido.

—Sí, un acuerdo que unirá a nuestros clanes y traerá la paz definitiva a nuestra tierra —asintió el laird McInnes.

A Cameron no le estaban gustando las palabras de su padre, sin embargo, aguardó y escuchó lo que el anciano tenía para decirle. Que, definitivamente, no le gustó en lo más mínimo.

—Te desposarás con Hope MacPherson —soltó el anciano sin más.

Cameron sintió la sentencia caer sobre él como una piedra pesada. La rabia ascendió desde el centro de su pecho. Apretó los puños y las muelas, y así, entre dientes, rugió la única palabra que fue capaz de pronunciar.

—¡No!

—Lo harás. Es la única alternativa que tenemos.

—No lo haré nunca. Jamás me uniré a esa familia de asesinos —espetó.

Nyah apretó a su vez sus puños y muelas para no protestar por aquellas ofensas.

—Ya he dado mi palabra. La boda se celebrará aquí, en una semana a partir de hoy —ordenó Galen McInnes.

Cameron no tenía alternativa. Dirigió una nueva mirada de odio a quien él consideraba su enemigo, luego clavó sus ojos en los de su padre.

El anciano permaneció firme.

Cameron asintió levemente con la cabeza, por obligación puramente; luego se retiró del salón con paso firme y apresurado. Propinó un fuerte portazo al alcanzar el pasillo, demostrando la rabia que sentía ante aquella idiotez que le imponían hacer.

Cameron decidió que se desposaría con su enemigo por el bien de su gente, pero se juró que nunca uniría su sangre a la de aquella familia a la cual tanto odiaba.

Nunca, jamás, tocaría a aquella que iba a ser su esposa. Si su apellido tenía que morir con él, así sería, pero de ninguna manera permitiría que la sangre McInnes se mezclara con la sangre MacPherson… La sangre de esos asesinos. Sus enemigos.



Capítulo VI 



—Mi lady, deje eso que yo puedo hacerlo —pidió la enclenque anciana. Intentaba, con sus manos arrugadas y temblorosas, hacer bajar a la muchacha que, haciendo equilibrio sobre una precaria banqueta, hacía lo imposible por reparar los postigos de la ventana que destrozara la última tormenta que dos días atrás había arreciado sobre aquellas tierras olvidadas de la mano de Dios.

—Quédate tranquila, Beth, que no me supone ningún esfuerzo —mintió la muchacha, cuyo rostro juvenil evidenciaba que tenía no más de dieciocho años. Sus pequeños pies en puntillas, su frente perlada de sudor, y sus manos haciendo malabares con el pesado martillo, los clavos y los postigos podridos, desmentían sus palabras.

—Pero, milady —volvió a protestar la anciana. Ahora sostenía el banquillo, como si con eso pudiera evitar que la muchacha cayera —puede caerse de allí, y partirse la crisma. Deje eso, y le pediré al viejo Charles que lo repare…

—¿Al viejo Charles? —la muchacha sonrió de lado, aunque sus ojos, vueltos de cara a la casucha, ocultaban tristeza. Sostuvo el travesaño, apoyó el clavo sobre este, y propinó un golpe con el martillo.

Una pareja de aves que se había apoyado sobre el techo de paja solo instantes antes, asustada, se alejó en un revuelo de alas y gorjeos.

—Sí, mi señora, le diré al viejo Charles —asintió la mujer.

—El pobre viejo no podría ni subir a este banquito, Beth —dijo con ternura.

—Pero, lady Hope, estas no son tareas que a usted le correspondan —volvió a refutar la anciana.

—Me corresponden, Beth. Debo velar por el bienestar de mi pueblo —de lo que queda de él, pensó la joven con tristeza, aunque no exteriorizó sus palabras, y las reservó solo para ella.

Entre las vidas que la mala alimentación y las fiebres habían arrebatado, y las migraciones de más de la mitad de los aldeanos, quienes habían preferido abandonar las tierras MacPherson en busca de un lugar mejor, el clan se había visto reducido mayoritariamente a ancianos débiles. Eran pocos los jóvenes, o personas de mediana edad que aún permanecían allí.

Desde que Nyah asumiera como laird del clan, él y Hope habían conversado a diario acerca del futuro. En sus planes estaba hacer florecer nuevamente sus tierras. Tal vez de esa manera, quienes se habían ido decidieran regresar. Aunque, desde luego, no sería una tarea fácil de realizar y, sobre todo, no sería realizada de un día para el otro.

El primer paso importante para que los hermanos pudieran empezar a cumplir con los objetivos que se habían planteado, era terminar con la enemistad entre clanes, y la peor aversión era con el clan de los McInnes. Claro que los McInnes tenían razones suficientes para odiar a los MacPherson, no obstante, también era cierto que ellos ya habían tomado venganza de los culpables de sus desgracias.

Nyah había dicho a Hope, su pequeña hermana, que creía haber encontrado la solución para traer la paz y terminar con aquella guerra que a nadie convenía; sin embargo, no le había comunicado a ella cuál era esa idea.

Sin revelar una palabra, Nyah había partido hacia las tierras de sus vecinos sin siquiera llevar una escolta, arriesgando así su vida, pero con el firme propósito de comunicar al laird McInnes de sus intenciones de paz, y con la esperanza también de llegar a un acuerdo.

De su partida habían pasado ya seis días, y Hope aún no había recibido noticias.

La anciana masculló cosas ininteligibles que no eran otra cosa más que exabruptos y maldiciones hacia las negras almas de su antiguo laird Balgair MacPherson y sus dos hijos mayores, Beathan y Darach; los únicos culpables de todas las desgracias que ellos estaban padeciendo. Hope la ignoró y continuó con su tarea.

La muchacha pasó allí, manos a la obra, durante un buen rato más. El sol centellaba en lo alto, cada vez con mayor intensidad mientras se acercaba el mediodía.

Hope hizo sombra con una de sus manos, y levantó los ojos hacia el cielo despejado. No parecía que fuera a volver a llover, al menos no ese día. De todas formas, no podía confiarse y dejar su tarea a mitad de hacer. Era bien sabido que en aquella parte de las Highlands, y en aquella época del año, las tormentas podían llegar de manera imprevista.

La viejecita se había resignado a dejar a su ama trepada en aquella destartalada tarima, reparando su, no menos destartalada, ventana.

El pedregullo crujió bajo las patas del animal que a paso tranquilo se acercaba por el camino. Ambas mujeres miraron hacia la dirección de la cual provenía el sonido, y a la más joven se le iluminaron los ojos. La sorpresa y el apuro por querer descender de la tarima la hicieron enredarse en la falda y trastabillar.

—¡Hope! ¡Demonios! ¿Qué haces allí arriba? —gruñó el recién llegado. Él ya se había apeado de su montura justo frente a la cabaña, y no le había demandado más que dos largas zancadas llegar junto a la joven y con manos firmes tomarla por la cintura—. ¿Acaso quieres matarte?

—Oh, no exageres, Nyah —descartó ella el asunto. Sonrió con dulzura a su hermano mientras examinaba que no estuviese herido, solo entonces lo abrazó cariñosamente—. Te he extrañado —añadió después—, y he estado muy preocupada por ti.

—Todo ha salido bien, hermanita. Los McInnes también desean la paz —informó, y se detuvo un momento antes de proseguir. Su hermana había posado en él sus enormes ojos color miel y no los apartaba. Un nudo le comprimió la garganta al joven laird. Desvió la vista; fingía mirar unas briznas de pasto. Aunque no lo demostrara, en su interior era puro nerviosismo.

—¿Qué sucede, Nyah? —Quiso saber Hope. Su hermano jamás exteriorizaba sus emociones, pero ella lo conocía tan bien, que no le resultaba difícil percibirlas, y ahora había notado intranquilidad en él.

—Es que… Hope, yo…

Nyah no sabía cómo comunicarle la noticia a su hermana.

Durante todo el viaje se había repetido que era la única alternativa que tenían. Al menos, la única que demostraría a las dos familias que ya no había motivos para enfrentarse. También era esa la mejor manera de comunicarle al resto de los clanes que los MacPherson ya no eran un clan belicoso, pero…

¿Cómo podía él sacrificar de esa manera a su hermanita?

Nyah se había informado bien y tenía entendido que Cameron McInnes siempre había sido un hombre justo y honorable, pero al enfrentarse a él supo que ese hombre odiaba a los MacPherson tanto como a la peste. ¿Cómo podría su hermana convivir con un hombre que la odiara solo por llevar en sus venas la sangre que llevaba?

Nyah cerró los ojos. Se sentía arrepentido por sus últimos actos; no obstante, ya no había vuelta atrás.

—Nyah, ¿me dirás qué te tiene tan preocupado? Acabas de decirme que todo está bien y que nuestros vecinos también desean la paz… No entiendo…

—Hope, los McInnes y yo cerramos un trato del que ya no puedo retractarme. Sin embargo, ahora no estoy muy convencido de haber hecho bien…

Hope iba a abrir su boca. Nyah la detuvo apoyando un dedo sobre sus labios.

—Lo siento, pequeña, pero la única forma de que nuestros clanes terminen con los enfrentamientos, es uniendo a las dos familias… mediante el matrimonio.

Hope frunció el ceño.

—¿Matrimonio? —un escalofrío de anticipación le recorrió la espalda.

Hope tenía entendido que la única hija de Galen McInnes, lady Katherine, una joven que debería de tener su misma edad o tal vez un año más; si no se equivocaba, acababa de desposarse hacía algunos meses. Inmediatamente, dedujo que no sería Nyah quien se desposaría con una McInnes, entonces… Tragó saliva. Quiso preguntar, pero ni una sola palabra salió de sus labios.

—Te desposarás con Cameron McInnes… en cuatro días.

Hope empalideció. Estaba segura de que las piernas no soportarían su peso, que en realidad no era mucho puesto que no era demasiado alta y, además, era menuda. Se alejó de su hermano para sostenerse de la pared de adobe de la cabaña de Beth.

La anciana había dejado a los hermanos en el exterior para que conversaran tranquilos y ella había ingresado a su casucha. Desde allí había oído todo el intercambio de palabras. Conmovida, se persignó y elevó una oración por el bienestar de su ama. No tenía un buen presagio. Esperaba que sus huesos se equivocaran y que nada malo le deparara el futuro a lady Hope.

—Hope… —Nyah volvió a acercarse a su hermana.

—Déjame un momento, por favor —pidió la muchacha con voz ausente. Su hermano respetó su voluntad y, aunque se apartó unos pasos, no la perdió de vista.

Cameron McInnes… Hope cerró los ojos y las imágenes en su cabeza la remontaron al pasado. Recordaba haberlo visto de lejos hacía un tiempo; aunque nunca había alcanzado a distinguir con claridad su rostro, solo sus cabellos dorados cayendo sobre los anchos hombros. Él montaba un magnífico corcel, y ella había estado oculta entre la espesa hierba, temerosa de que él y sus hombres advirtieran su presencia. Recordaba su porte señorial… también recordaba a su hermosa prometida, Brenna MacKenzie. Hope sollozó.

Las piernas ya no la sostuvieron, y cayó de rodillas en la gravilla. Nyah amagó con acercarse, pero ella lo detuvo con un gesto de la mano y negando con la cabeza.

Cameron McInnes sería su esposo. ¿Pero cómo podría quererla a ella alguna vez, si había sido su propia familia quien le había arrebatado a él a quien debería haber sido su verdadera esposa? Hope no podía olvidarse de la valentía de aquella mujer formidable, ni de su belleza. ¿Cómo podría McInnes conformarse con ella, después de haber tenido a Brenna MacKenzie como prometida?

¡Malditos fueran su padre y sus dos hermanos mayores por todas las maldades que habían cometido! Hope deseaba haber podido hacer algo por Brenna MacKenzie cuando la mujer había sido secuestrada por segunda vez, pero su padre no había vuelto a llevarla a su propiedad, tal como sí había hecho en el primer secuestro…

Cerró una vez más los ojos e inhaló una profunda bocanada de aire. Poco después, muy lentamente, volvió a ponerse de pie. Su suerte estaba echada.

Nyah se acercó a su hermana.

—Hope… ojalá hubiese otra manera… —empezó a decir el joven laird. Ella lo silenció alzando una mano y negando con la cabeza.

—¿Cuándo debo partir? —preguntó. Imaginaba que la boda se llevaría a cabo en el castillo de los McInnes. Su tono de voz había estado cargado de resignación, igual que la de un condenado que comprende que ya nada puede cambiar su suerte.

Nyah sintió como si un puñal estuviese cortando su corazón en pedazos; no obstante, cuando respondió, lo hizo con firmeza.

—Mañana a primera hora —dijo—. Es un viaje de tres jornadas, por lo tanto llegaremos con el tiempo justo para la ceremonia.

La joven asintió.

—Los McInnes se encargarán de comunicar la noticia al resto de los clanes y de invitarlos a la… boda.

—Iré a prepararme —anunció Hope, sin pizca de emoción.

—Vamos, te llevaré en mi caballo hasta casa.

—No —negó también con la cabeza, luego dejó la mirada posada en un punto lejano. Contenía las lágrimas. Quería evitar que Nyah las viera—. Yo… Yo prefiero caminar… Lo necesito.

Nyah no la contradijo, y en vez de adelantarse, tomó las riendas del animal y lo hizo avanzar a su lado mientras seguía a Hope desde una corta distancia, pero sin molestarla. Comprendía y respetaba que su hermana necesitaba acostumbrarse a la idea de casarse… en cuatro días.



*** 

[1] Plaid: Manta de tartán. Vestimenta típica de los Highlanders. Consistía en una larga tira de tela que los hombres usaban alrededor del cuerpo sujetando el restante sobre el hombro ajustado con un broche. La colocación del tartán se consideraba un arte, en el que los pliegues quedaban perfectamente colocados. / El tartán, es un tejido típico escocés. Los colores de los tartanes representaba los colores del clan al que pertenecían.

[2] Reunión social que antaño se llevaba a cabo después de las labores diarias. Podía haber música y danza, o recitación de poemas, cuentos, etc.


***

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Espero hayan disfrutado de estos primeros capítulos de Corazones Enemigos. Y por si alguno se quedó con ganas de seguir leyendo, aquí va la resolución del concurso express anunciado en el último post publicado. Aclaración: En este sorteo participan todos los lectores que dejaron un comentario en ese post, y cada uno de los ganadores recibirá un ejemplar electrónico (pdf) de Corazones Enemigos. 

Y los cuatro Ganadores son...

-Dulce C. López;
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¡Felicidades!

Importante: Los ganadores deberán enviar un correo electrónico a brianna.callum@yahoo.com.ar para reclamar el premio.


©Brianna Callum

11 comentarios:

  1. ¡Felicidades por partida doble! Que pases un hermoso día, Brianna. Y lo mejor con esta nueva entrega de Corazones Enemigos. Ya la voy a buscar junto a las otras para que formen parte de mi biblioteca.
    Muchos cariños, Mimi.

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  2. Felicidades guapa!, por ser tu cumple, por ser el cumple-blog de tu rinconcito virtual y por el lanzamiento de esta nueva novela tuya!

    Espero que pases un buen día junto con los tuyos, que cumplamos muchos más años en la red juntas y que tu nueva obra sea todo un éxito!

    Ahora te envío un email para reclamar mi premio, que por cierto, me ha hecho muy feliz saber que podré disfrutarlo >.<

    Un besazo y hasta pronto!, muak!

    Pd: Este fin de compartiré este lanzamiento en el club si antes me facilitas los datos por email. Ya sabes, portada, sinopsis y enlace para comprar la obra.

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  3. Hola yo ya te habia descubierto alguno de tus libros pero ahora ya te descubri otra vez, me encanta y lo tengo pendiente de comprar , quien me conoce sabe lo que me gusta las historias de los Higlanders , y ahora gracias al club de las escritoras descubri tu blog gracias por compartir con nosotros un pedacito de ti, Felicidades por tu cumple aunque un poco atrasadas, y por ese aniversario de tu blog muchas felicidades te segire tus novedades y en cuanto lo compre te aviso .

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  4. Wiiiiiiiii !!!
    Que genial ,muchas gracias, ya te envíe un correo.
    Y super mega felicidades !!!
    Besos

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  5. Felicidades por todo y te deseo toda la suerte.
    Un abrazo maja

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  6. Holaaaaaaaa, muchísimas gracias por los 3 libros, de verdad, no me esperaba la sorpresa que me ha dado Dulce hoy, ahora mismo iba a empezar a leer el primero, así que ya verás en mi blog la reseña de ese y de los demás.

    Un besazo y volveré por aquí para avisarte de que ya esta.

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  7. ¡Feliz sábado!
    Siento haber tardado tantísimo, no me encontraba bien y acabo de leer el comentario que me dejó Dulce para que te pasara mis datos.
    Te deseo mucha suerte con la nueva novela.
    ¡Gracias por el sorteo!
    Un beso enorme, Lydia Pinilla

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  8. ¡Ah! Y muchísimas felicidades, espero que disfrutaras de tu día ^^
    Un abrazo

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  9. Tienes en mi blog, la reseña del primer libro, El guardian de mi corazón, por si quieres verla...

    http://tamaravillanueva.blogspot.com.es/

    Ahora a por el segundo

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  10. Muchas felicidades por el lanzamiento realmente merecido, Bri!!
    Besos.

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  11. Ya he terminado tu segundo libro, Rehén de tu amor, lo verás mañana publicado en mi blog, por si quieres pasarte.

    Un saludo.

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