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Karina Costa Ferreyra (Brianna Callum), es autora de relatos y de novelas románticas: contemporáneas e históricas de ficción. Sus historias se destacan por la manera en la que logra plasmar los sentimientos y las emociones de los personajes, de tal manera que resultan palpables para el lector. Resultó entre los ganadores en certámenes de Literatura tanto en Argentina como en España. Se desempeñó como jurado en diferentes certámenes literarios. Participó en varias antologías multi-autor. Actualmente cuenta con más de una decena de libros publicados tanto en papel como en formato electrónico, entre los que se encuentran sus novelas: Juramentos de sangre, publicada en 2013 por la editorial española Nowevolution, y las publicadas por la editorial argentina El Emporio Ediciones: Un instante… y para siempre (2015) y El perfume de las gardenias (2016).

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jueves, 14 de febrero de 2013

Ayer, hoy, y la eternidad - Relato

¡Hola! ¿Cómo están todos? Espero que muy, pero muy bien. Hoy es San Valentín, el día de los enamorados, y yo no quería dejar pasar el día sin desearles muchas felicidades. Y sin traerles un obsequio, por supuesto.

Espero disfruten de este relato de amor adolescente de mi autoría que les traigo con mucho cariño. Como curiosidad, les cuento que este escrito fue publicado una vez con anterioridad, en el número 1 de la revista digital Mujer Fatal, aunque bajo otro título. Hoy, después de hacerle algunas modificaciones al texto original, lo presento como Ayer, hoy, y la eternidad


Ayer, hoy, y la eternidad
By Brianna Callum

Boulogne Sur Mer - Provincia de Buenos Aires, Argentina
Año 1990 - Primeros días de marzo
—Tomá[1] —me dijo Rafa, y empujó en mi mano un trocito arrugado de papel.
—¿Qué es? —le pregunté, apenas echando una ojeada al rollito.
—Te lo manda Martín —dijo solamente, antes de darse media vuelta y echar a correr hacia el campito en el que los chicos del barrio disputaban un partidito de fútbol.
Martín… pensé con ilusión, mientras miraba, sin ver, la espalda de Rafa alejándose.
¡El papelito me lo había enviado Martín! Lo aferré con fuerza en mi palma. Sentí que el corazón saltaba dentro de mi pecho.

Año 1994
Tenía catorce años cuando conocí a Martín. Fue a mediados de febrero del noventa. De eso, hoy hace justamente cuatro años…

Año 1990 - Febrero
Estaba yo en la despensa. Mamá me había pedido que realizara algunas compras. Conversaba con Doña Teresa, la dependienta; una mujer simpática a la que era sumamente extraño encontrar en silencio.
Mientras escuchaba una divertida anécdota, volteé hacia la pared trasera. Allí se encontraba la estantería repleta de latas de galletitas. Quería comprar los pescaditos azucarados de Okebon, pero sabía que esa lata siempre estaba en los estantes más altos y que a la mujer, bastante entrada en años, le costaba demasiado poder alcanzarlos.
Ya me había acostumbrado a la rutina de subirme yo a la banqueta y alcanzarle la lata cuadrada con visor de vidrio. Y en eso estaba…
Distraída con la conversación, y concentrada en la tarea, me pasó desapercibida la llegada de más personas al almacén. Me paré en puntas de pie sobre la banqueta. Ese día, la lata se encontraba en uno de los últimos estantes, más alta que de costumbre. Estiré el brazo. Alcanzaba a tocar el borde inferior, pero no más que eso.
Me sostuve en un solo pie, flexionándolo aún más en punta, y estiré brazo, mano y dedos lo máximo posible… Alcancé a mover la lata un poco hacia afuera del estante, pero algo salió mal…
Mi pie, demasiado cerca del borde de la banqueta, hizo que esta se tambaleara y, con ello, perdí el equilibrio. Me sentí caer hacia atrás, y cerré los ojos.
Aún no sé si grité de horror, o si enmudecí de pánico. Esos segundos siguientes permanecen borrosos en mi memoria; solo recuerdo con nitidez lo que siguió después.
De un momento a otro me vi atrapada por un par de brazos, pero no fue como en las películas o en las novelas románticas en donde la heroína cae prolijamente en los brazos del héroe, no señor, lamentablemente, ese no fue mi caso.
Mi salvador logró alcanzarme al posicionarse a mi espalda, y yo caí entre sus brazos. Hasta ahí no había ocurrido ningún desastre, pero falta mencionar que mi espalda golpeó con fuerza su pecho y, con el envión que yo llevaba y lo rápidos que habían sido sus movimientos con el fin de amortiguar mi caída, él no pudo mantener el equilibrio y también cayó.
Mi héroe quedó sentado en el suelo húmedo, recién baldeado, de baldosas grises de la despensa, y yo caí en su regazo...
Durante la caída escuché desde lejos a doña Teresa exclamar: ¡Nena, vas a matarte! Luego siguió un sinfín de cuchicheos.
Yo aún no quería abrir los ojos, ya no por miedo, sino por vergüenza. No tenía idea de quién había sido mi salvador y, de todos modos, jamás lo hubiese adivinado de haberlo intentado, puesto que nunca lo había visto antes.
—¿Estás bien? —me preguntó. Mi espalda seguía recostada sobre su pecho y, al hablarme, él había acercado su boca a mi oreja.
Un escalofrío recorrió mi columna al sentir su cercanía, la tibieza de su aliento perfumado con menta, y su voz… Su voz era la más extraordinaria que había escuchado en toda mi vida.
—Mhmm —asentí. Solo entonces abrí los ojos, y volteé el rostro hacia él para verlo. Deseaba fervientemente conocer la identidad de mi salvador y, cuando mis ojos se encontraron con los de él, todo alrededor dejó de existir… ¡Vamos, que parece esto sacado de una novela romántica; pero les juro que eso es lo que sentí!
Ya no sentía el olor del limpiador de pisos, ni el del insecticida que doña Teresa echaba para ahuyentar las moscas… Ya no percibía el fuerte olor a fiambres que algún cliente había pedido que le cortaran, ni el queso de rallar, ni el olor del pan, las galletitas o de la madera de los estantes… Solo era su perfume fresco el que se colaba en mis fosas nasales, y era su imagen la que llenaba mis ojos.
Mi salvador llevaba el cabello negro un poco largo, seguramente aprovechaba que en vacaciones no tenía que cortárselo para la escuela. Lo que más me impresionó de él, al verlo tan de cerca, fueron sus hermosos ojos azules con motitas negras. Nunca había visto ojos iguales a los de él.
Me puse de pie, no porque en verdad tuviese ganas de hacerlo, sino porque ya resultaba bastante embarazoso que permaneciera más tiempo entre los brazos de mi salvador, y me disculpé por derribarlo. Él, como toda respuesta, me sonrió; y juro, de verdad les juro, que sentí que mis rodillas se volvían de gelatina.
Sintiendo un nerviosismo que jamás había sentido antes, pagué a doña Teresa la cuenta y guardé la compra en una bolsa. Me despedí de todo el mundo con un saludo general, y me dispuse a salir.
Antes de que llegara a la puerta, mi salvador me detuvo tomándome con suavidad de la muñeca. Creí escuchar un redoble de tambor, pero solo se trataba de mi corazón, seguramente haciendo locas piruetas dentro de mi pecho.
—Si me esperás dos minutos, me gustaría acompañarte. Creo que vamos en la misma dirección —me dijo.
Asentí con la cabeza, luego tuve que carraspear para que me saliera la voz, y así y todo, tartamudeé un poco.
—Bu…bueno. Te espero acá —le respondí, señalando la baja tapia. Él sonrió y volvió al interior de la despensa; yo me senté y aguardé.
No me resultó sencillo mantener la calma, no cuando a mi corazón se le había dado por seguir el ritmo de una canción de heavy metal. De todas formas, no fue mucho tiempo el que tuve que esperar.
Mi salvador volvió a reunirse conmigo. En una de sus manos llevaba un cartón de leche y una bolsa de galletitas. Intuí que para la merienda.
—Gracias por esperarme —dijo cuando llegó a mi lado. Yo me había puesto de pie en cuanto lo había visto acercarse a la puerta del negocio. Él volvió a sonreír. Noté que lo hacía con frecuencia, entonces se presentó—: Me llamo Martín. ¿Y vos?
—Mora —le respondí, mientras emprendíamos la marcha, uno al lado del otro.
—Me gusta tu nombre. No es muy común.
—No, supongo que no es común —le respondí. De alguna manera me sentía un poco más tranquila, al menos, como para mantener una conversación decente—. ¿Estás de vacaciones? —quise saber. Nunca lo había visto por el barrio.
—En realidad nos mudamos esta mañana. Se supone que para quedarnos… —se alzó de hombros, luego añadió—: Al menos hasta que a mi papá vuelvan a trasladarlo.
—Ah… Antes dijiste que íbamos en la misma dirección ¿Cómo sabías hacia dónde me dirigía yo? —pregunté al recordar sus palabras de un momento antes.
—Te vi salir de tu casa… bueno, creo que debe ser tu casa —dijo, y volvió a sonreír, con esa sonrisa que le formaba hoyuelos en las mejillas, a ambos lados de la boca—. Si la casa que tiene el mejor jardín de la cuadra es donde vos vivís, entonces vamos a ser vecinos. Me mudé al chalet de la esquina. Frente a tu casa, aunque en diagonal, serán unos cuarenta metros.
Asentí. Mi madre adoraba las plantas. El jardín era su mayor orgullo. Sin dudas, Martín me había visto salir de mi casa, ¡y por Dios Santo, él ahora sería mi vecino!
Intercambiamos un par de palabras más antes de que llegáramos a nuestra cuadra. Entonces supe que él tenía dieciséis años, uno más que yo, y que en los últimos cuatro años se había mudado al menos en cinco oportunidades. ¡Y decían que los Querandíes[2] eran nómadas!
A pesar de que Martín y yo nos despedimos habiendo empezado a entablar amistad, durante las siguientes dos semanas únicamente pude verlo desde lejos. Él se preparaba para rendir unos exámenes y casi no salía a la calle y, cuando lo hacía, yo no me animaba a salir a su encuentro.
Debo confesar que pasé esas dos semanas espiando por la ventana hacia la casa de Martín. Cada vez que lo veía a la distancia, mi corazón volvía a saltar dentro de mi pecho.
Y llegaron los primeros días de marzo…
Fue entonces cuando Martín me envió una notita con Rafa…

Mora, necesito hablar con vos. Te espero a las cuatro en la placita del centro, frente al teléfono público. Martín.

Cuando Rafa me llevó la notita, eran las once de la mañana.
Creí que no soportaría la ansiedad hasta las cuatro de la tarde, también creo, que las agujas del reloj nunca se habían movido con tanta lentitud.
Cuatro en punto llegué al lugar indicado.
Martín ya estaba allí. Me esperaba sentado en uno de los bancos, pero se puso de pie cuando me vio aparecer por la esquina. Avanzó para alcanzarme a medio camino.
Sonreía, pero también noté su nerviosismo.
—Hola —me saludó, se inclinó hacia adelante y me besó en la mejilla, provocando que las mariposas que anidaban en mi estómago jugaran a la montaña rusa—. Me alegra que vinieras.
—En la nota decías que necesitabas hablarme… —señalé con timidez.
—Mhmm. Hace días que quería hablar con vos —confesó.
Caminamos hacia el otro extremo de la plaza. A esa hora no había muchas personas allí, solo un puñado de niños repartidos entre las hamacas y el tobogán. Los dejamos atrás, y nos sentamos en uno de los bancos de piedra.
—Estuve estudiando —me contó. Yo ya lo sabía. Rafa me lo había dicho al menos diez días atrás—. Quería hablar con vos, pero si no me preparaba bien para los exámenes, en mi casa iba a ocurrir una masacre —bromeó. Debía cuatro materias y si no las aprobaba, se quedaría de año. Esa mañana había rendido la última, supe.
Martín volteó el rostro hacia mí. Con una suave caricia de sus dedos acomodó detrás de mi oreja una hebra de cabello que la brisa había volado sobre mi mejilla.
Contuve la respiración, no adrede, simplemente había olvidado cómo respirar.
Volteé el rostro hacia Martín, y lo encontré peligrosamente cerca de mí.
Tragué saliva. Estoy segura de que mis mejillas se habían coloreado igual que una manzana. Oí mi propia sangre bullir en mis oídos.
Martín acarició mi mejilla, luego posó su mano en mi nuca.
Acortó aún más la ínfima distancia que nos separaba.
Cerré los ojos, anticipando lo que vendría.
Entonces me besó…

Ocho meses y tres días fue el tiempo que duró nuestro noviazgo. Los ocho meses y tres días más maravillosos de mi vida, hasta que al padre de Martín volvieron a trasladarlo, esta vez a Río Negro. Martín tuvo que partir con su familia.
Las distancias y el amor nunca se llevaron bien…
Cuando Martín se fue del barrio, y por ende de mi vida, lo hizo sin hacer promesas. Por esa razón, a pesar de que jamás pude olvidarlo, nunca guardé esperanzas de volverlo a ver. Por esa razón también, me sorprendió verlo hoy…


Año 1994
Descendí del colectivo y caminé las dos cuadras que me separaban de mi casa. Iba distraída. Pensaba en lo último que había aprendido ese día en el magisterio, en donde estudio para convertirme en maestra de jardín de infantes.
Al llegar a la esquina, me llamó la atención ver movimiento de mudanza en el chalet de la cuadra… De inmediato, mi mente se disparó hacia el pasado, y Martín invadió cada gramo de mi cerebro.
Después de que Martín y su familia se mudaran, el chalet había sido ocupado por un matrimonio mayor, aunque ellos habían dejado la casa unos meses atrás y ya nadie la había ocupado. Evidentemente, ahora habían llegado nuevos inquilinos.
Al pasar frente a la construcción, evité mirar hacia adentro… ¿Para qué hacerlo, si Martín no estaría allí? Seguí mi camino… Y seguí recordando…
Martín…
No lo había olvidado, aunque sí me había resignado a vivir sin él.
Moví la cabeza como por acto reflejo en un intento de ahuyentar los recuerdos… Junto a él había vivido lo mejor de mi vida, pero esos momentos se habían transformado solo en recuerdos, y eso los volvía intensamente dolorosos.
Entonces oí su voz…
—Mora…
No volteé.
Temía darme vuelta y comprobar que no había sido más que mi mente, cargada de recuerdos, engañándome. ¡Oh, pero con qué fidelidad había reproducido mi imaginación el amado sonido de su voz!
Durante un volátil instante, la resignación había cedido su lugar a la esperanza; pero yo no quería que la siguiente emoción que me invadiera fuera la desilusión, entonces, seguí caminando…
—Mora…
Volví a escuchar, esta vez mucho más cerca de mí.
¿Sería posible…? ¿Sería posible que después de todo no fuera mi mente engañosa?
—Mora. Esperá —dijo la amada voz, al mismo tiempo que sobre mi hombro yo sentía la leve presión de una mano. La suya.
Me volteó hacia él, entonces la imagen se reveló ante mis ojos. Y no era una ilusión; era real… muy real.
Frente a mí estaba Martín.
Martín… más alto. Martín… con sus exóticos ojos azules con motitas negras. Martín… con un atisbo de barba de un día sobre su barbilla. Martín… con su inalterable sonrisa, la cual había habitado en mi mente y me había hecho compañía durante todo ese tiempo en el que él no estuvo junto a mí.
Martín…
—Martín… ¿Martín? ¿Qué… cuándo…? —¡Por Dios, si parecía tonta, sin conseguir pronunciar las tantas preguntas que se agolpaban en mi mente!
Martín sonrió. Había comprendido todo cuanto yo había deseado preguntarle.
—¿Qué hago aquí? —dijo, formulando él sí el que debía haber sido mi interrogante, entonces respondió—: Me mudé al chalet —señaló con la cabeza hacia la construcción de ladrillos a la vista y tejas—. Y esta vez, espero que sea definitivo. ¿Cuándo me mudé? Bueno —volvió a sonreír—, estoy en eso.
Eché un vistazo hacia el chalet, esta vez prestando mayor atención al cuadro.
Algunas cajas, bolsas negras y un baúl estaban sobre las lajas del porche esperando que alguien las llevara adentro. Un automóvil que era evidente había dejado de ser cero kilómetro al menos una década atrás, había sido estacionado frente a la verja. No se veía más movimiento que el de un enorme perro labrador olfateando los bultos.
—¿Y tu familia? —le pregunté.
—Están en Santa Rosa[3]. Yo ya no estoy para esos trotes… —bromeó, mientras negaba con la cabeza. Hizo una pausa y me miró a los ojos con intensidad abrumadora—. He vuelto solo… Y volví solo por vos.
El aire se atascó en mi pecho… o tal vez fue la arrolladora emoción que sentí.
Martín acortó la poca distancia que nos separaba.
—Solo espero que no sea tarde…
¿Tarde? ¿Tarde?
El tiempo había transcurrido, de eso no había ninguna duda.
Ni Martín ni yo éramos ya adolescentes de escuela secundaria. Éramos un hombre y una mujer, parados frente a frente y comprobando azorados que el tiempo que nos había separado, y que en su momento nos había parecido eterno, en un instante… en ese instante en el que nuestros ojos volvieron a encontrarse, parecía esfumarse por completo.
¿Tarde?
No. No podía ser tarde cuando una sola mirada nos transportaba a los mismos sentimientos y a las mismas emociones que habíamos sentido en el pasado. A un amor tan puro e imperecedero, que era capaz de trascender en el tiempo, e ir más allá de la eternidad.
No podía ser tarde…
Martín acortó las distancias, posesivo abrazó mi cintura, y me besó en la boca.
Cerré los ojos y mi cuerpo se apretó al suyo. Le rodeé el cuello con los brazos. Mi alma, henchida de felicidad, sonrió a la de Martín.
Juntos descubrimos que no era tarde. Y ahora tendríamos todo el tiempo del mundo.




[1] Para que el lenguaje sea verosímil al lugar geográfico y tiempo en el que transcurre la historia, en los diálogos se ha empleado el voseo argentino.
[2] Aborígenes que habitaron las provincias de Buenos Aires y Santa Fe.
[3] Capital de la provincia argentina, La Pampa.


***


Obra con derechos de Autor.
Hecho el depósito que marca la ley en la Dirección Nacional de Derechos de Autor.
Queda Prohibida y será penada legalmente, toda copia, reproducción y/o distribución total o parcial, 
literal o imitativa, de esta obra.

©Brianna Callum

2 comentarios:

  1. aprecciated much your blog much kisses charles

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  2. Una linda historia que te hace pensar que no hay distancias para el amor.
    Besos.

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